#26 / Noviembre-Diciembre 2017

¿Qué es el progreso hoy?

A tumba abierta

César Rendueles

En 1999 PlayStation lanzó un anuncio dirigido por Chris Cunninghan en el que en una grabación de apariencia casera se veía una chica joven con aspecto de cíborg que declaraba lo siguiente: «Déjame que te diga lo que me molesta del progreso humano. Nunca he sido ese humano en particular. ¿Y tú? El hombre fue a la luna. Yo ni siquiera sé dónde está Grimsby. Olvídate del progreso por delegación. Aterriza en tu propia luna. Ya no se trata de lo que ellos consiguen ahí fuera en tu nombre. Sino de lo que podemos experimentar, aquí, en nuestro propio tiempo [se toca la cabeza]. Y eso se llama riqueza mental»

Hay un pasaje archicitado de Las palabras y las cosas en el que Michel Foucault anuncia en tono oracular la contingencia de una de las categorías centrales de la subjetividad moderna y profetiza su olvido: «El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento. Y quizá también su próximo fin. Si esas disposiciones desaparecieran tal como aparecieron, si, por cualquier acontecimiento cuya posibilidad podemos cuando mucho presentir, pero cuya forma y promesa no conocemos por ahora, oscilaran, como lo hizo a finales del siglo XVIII el suelo del pensamiento clásico, entonces podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena». Hay al menos un aspecto en el que el diagnóstico de Foucault es preciso (bien es cierto que en parte a causa de su propia influencia): uno de los ejes ideológicos del humanismo se ha vuelto profundamente problemático. El progreso ya no es el único mito histórico que mueve la acción política: desde Oriente Medio a Estados Unidos, pasando por Rusia o Francia, convive, cuando no ha desaparecido, con vigorosos relatos de retroceso, nostalgia y catástrofe.

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