#15 / Enero-Febrero 2016

Antón Costas y Xosé Carlos Arias

Alemania, el líder que no deseaba serlo

Pese a su arranque norteamericano, la Gran Recesión ha acabado por sacudir con particular intensidad a las economías y sociedades europeas. Muy atrás va quedando aquel euroentusiasmo que recorría el continente no hace tanto tiempo. El genio maligno de muchas caras que ha resultado ser esta crisis ha traído consigo una persistente incertidumbre no sólo acerca del futuro del euro sino también un asunto muchísimo más serio del conjunto del proyecto de integración europea. Es un hecho que, a partir de la primavera de 2010, los bordes del despeñadero se convirtieron en lugar de residencia habitual de la moneda común. A la tradicional lentitud en la toma de decisiones, los órganos de la UE sumaron ahora otras patologías mucho más importantes, como el desconcierto ante las cada vez más visibles carencias institucionales del sistema del euro, las diferencias entre gobiernos nacionales, los reflejos antisolidarios y las reacciones motivadas por el miedo.

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