#20 / Noviembre-Diciembre 2016

Editorial

Buscar el futuro en el pasado

Josep Ramoneda

En medio de la crisis del régimen del 78, que se cae por el que ha sido su pilar básico, el PSOE, abordamos dos temas clave del desconcierto hispánico: la cuestión nacional y la recomposición del espacio de la izquierda a través de la irrupción en el sistema político de formaciones nacidas de los movimientos sociales del 15M.

La esperpéntica conspiración cortesana que acabó con Pedro Sánchez en el PSOE es la culminación de un largo proceso en que el principal partido del más largo periodo democrático (y arquitecto desde el 82 del nuevo régimen político) ha ido perdiendo el vínculo con las clases medias y populares urbanas y se ha quedado sin discurso, atrapado en las redes de la derecha, después de que el neoconservadurismo se hiciera con la hegemonía ideológica a partir de los 80. El partido de la modernización de España es hoy un partido viejo, gastado y conservador, a la baja en las principales ciudades. Incapaz de renovarse, pone en serio peligro su futuro y, con él, los equilibrios de la democracia española.

El hundimiento del PSOE, cada vez más reducido a partido clientelar del sur, no es un fenómeno ajeno al contexto europeo, donde la socialdemocracia está perdiendo pie en todas partes. Sin embargo, pone de manifiesto sobre todo problemas clave de la sociedad española. El primero, la brecha generacional: son los jóvenes los que más están sufriendo las consecuencias de las políticas de respuesta a la crisis. Ni PSOE ni PP han conseguido conectar con ellos. Al contrario, les han dejado sistemáticamente de lado y se han refugiado en la fidelidad electoral de los mayores, agravando así la fractura.

La otra gran cuestión es la territorial. Es tiempo de secesiones, la globalización provoca en Europa respuestas reactivas de repliegue sobre sí misma que buscan reforzar el espacio propio para sentirse menos vulnerable al relacionarse con el mundo. Estas secesiones pueden tomar formas muy reaccionarias y excluyentes (como en la extrema derecha europea o en la versión identitaria del laicismo de la que nos habla Étienne Balibar), o generar dinámicas abiertas, como ocurre en España con el impulso que viene de un amplio movimiento político y social en Cataluña. Y el nacionalismo español no tiene otra respuesta que la negación de la realidad en nombre de la ley. En cualquier caso, la cuestión del comunitarismo vuelve a estar de actualidad y, por eso, he pedido a Máriam Martínez-Bascuñán que nos trazara su genealogía.

La tercera cuestión es la necesidad de reconstruir la alternativa a la derecha. El espacio que el PSOE ha ido abandonando lo tiene que ocupar alguien. Los llamados partidos antisistema se han incorporado al sistema y los poderes establecidos, en vez de celebrarlo como un éxito, construyen tabúes de exclusión: no a Podemos, no a los soberanistas.

Xosé Núñez Seixas recorre los dilemas del otro nacionalismo, el español, del que apenas se habla como si sólo fuesen nacionalistas catalanes y vascos, y escribe: «Si algo parece imperar en las principales variantes del discurso patriótico español es una búsqueda de un futuro en el pasado». Esta tendencia a mirar el presente con las claves de ayer explica el estancamiento español. Manuel Alcaraz habla de la dificultad de los nuevos partidos de pasar de la ideología a la política y del carácter de «apósitos circunstanciales» que tienen en ellos el feminismo y el ecologismo. Y en conversación con César Rendueles, evocamos las dificultades de la izquierda para conectar con lo real. Finalmente, con su lectura de la democracia ateniense, José Luis Moreno Pestaña nos invita a recuperar el optimismo en política con una reflexión sobre el sorteo que «empuja a los profanos dentro del espacio político y acosa a los especialistas para que no se consoliden como grupo endogámico y autorreferente». Porque la propia idea de soberanía –que da la última palabra a los ciudadanos– está amenazada por la actual aristocracia de los expertos.