#21 / Enero-Febrero 2017

Relato

Cómo escribir sobre Amy Winehouse (y por qué)

«¿Cómo puede salir esa voz prodigiosa de una blanca así de pequeñita de Londres?»

Ana Basualdo

La cantante Amy Winehouse posa en su casa de Camden, Londres, en 2004. Su álbum de debut, Frank, aparecido en octubre de 2003, acababa de ganar un premio Ivor Novello
© CAMERA PRESS/ Mark Okoh

«She spoke until one day she couldn’t be heard.
She just stopped singing».  
«October Song», A. W.

Conviene aclarar, a veces, desde dónde se habla. En este caso, incluso, desde qué fondo remotísimo se habla. Me hice periodista en Buenos Aires, en tiempos de ebullición política y de redacciones con máquinas de escribir Remington y copias (imposible añorar aquello) en papel carbón, pero no de artículos en primera persona. La primera persona estaba prohibida. No existía el artículo de opinión: «Al lector no le interesa lo que usted, periodista, meramente, opine. Investigue ese adverbio. Rómpalo», decía un maestro de nuestro oficio. Las habilidades y conocimientos y aficiones e incluso caprichos de cada uno de los redactores hacían funcionar el organismo vivo de «la redacción», y la autoría de la revista de información general que (mientras la mafia represiva lo permitió) aparecía cada semana en los kioscos era colectiva, aunque muchos de los artículos llevaran firma y tuvieran rasgos propios. No son cambios, sino una mutación lo que ocurrió, desde entonces y allá lejos hasta hoy, en el otoño barcelonés. El tema es largo y sangrante, sobre todo porque, según toda evidencia, ha muerto el periodismo entendido como ejercicio descriptivo y analítico de fenómenos y aspectos de la realidad cambiante y mezclada, y enigmática, como todo lo que es mirado con interés sensible. Que es el interés constitutivo del oficio, cuando –dicho breve– no se lo modela hipotecado a agentes productores del encandilamiento o timo social.

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