#26 / Noviembre-Diciembre 2017

¿Qué es el progreso hoy?

Contra el relato monolítico

Elvira Navarro

© Carolina Cancanilla, www.carolinacancanilla.com

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Cuando se me plantea la cuestión de la relación entre la literatura y el progreso (en realidad entre cualquier cosa y el progreso), no puedo evitar acordarme de un profesor, ya fallecido, que tuve en mi primer año de Filosofía en la Universidad Complutense, Quintín Racionero, quien afirmaba en una asignatura que versaba sobre, si mal no recuerdo, los relatos de la Modernidad y su relación con el presente, que, a día de hoy, los carniceros, los quiosqueros o los panaderos seguían siendo hegelianos. Ese día de hoy de aquel entonces era 1995, y se refería Racionero a que la creencia en el progreso, puesta en duda en el ámbito del pensamiento a raíz de las dos guerras mundiales, pervivía en el imaginario común de las sociedades occidentales. Aún era habitual en ambientes no académicos creer que la humanidad y la historia avanzaban en una línea más o menos recta hacia una sociedad mejor en virtud de la acumulación de conocimientos, artes, riqueza, etcétera. A este hecho de que en el sentir común prevaleciera, o al menos no resultara rara, la idea moderna del progreso, contribuía una socialdemocracia que en los noventa no parecía tan herida como ahora. Me acuerdo de la afirmación de Racionero porque, tal y como suele seguir formulándose este asunto no sólo a pie de calle, sino también en ámbitos académicos o cercanos a la academia (a saber: por un lado, afirmando que se trata de un concepto y de una creencia insostenible, y por el otro tratando de pensarlo de otra manera, es decir, tratando de salvarlo, como si cualquier idea de bien común no pudiera pensarse al margen de esta noción, y por tanto como si se tratara de una creencia irrenunciable), cabría afirmar que en 2017 seguimos aferrados a la idea de progreso a pesar de haberse certificado su defunción. Y es que si no fuera así, si el progreso fuese una idea absolutamente desterrada, no podríamos hablar de su contrario, la involución o la regresión civilizatoria, expresiones ambas que estamos cada vez más acostumbrados a oír cuando se pondera el momento actual, caracterizado tanto por un neoconservadurismo como por la pérdida de conquistas sociales y políticas. El solo uso de los términos involución o regresión implica, por la vía negativa, la postulación de algún tipo de idea de progreso, y tenemos quizá que aceptar que seguimos siendo modernos y que los ideales de fluidez, multiplicidad y fragmentación típicos de la globalización se han asimilado desde la idea de progreso: quienes los enarbolaban parecían suponer, hasta que la crisis acabó con su optimismo, que eran un escalón más hacia la idea de un mundo mejor.

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