#29 / Mayo-Junio 2018

Editorial

Del 68 al nuevo feminismo

Josep Ramoneda

El cincuenta aniversario de 1968, el año de las revoluciones, ha coincidido con un significativo cambio de paradigma en el feminismo. Evidentemente, no hay ninguna relación directa entre ellos, pero el 68, una crítica precoz a la modernidad, para decirlo al modo de Luciana Castellina, significó, sobre todo, un cuestionamiento de los marcos culturales y morales sobre los que se habían articulado las sociedades de posguerra. Y consolidó una revolución sexual que, en opinión de Eva Illouz, no sólo liberó a las mujeres del control de los hombres sino que también las situó en una posición de debilidad en un «mercado sexual» sin regular. Estos efectos no deseados que señala la socióloga israelí, forman parte de las paradojas de aquellas revoluciones que abrirían brechas en las mentalidades dominantes por las cuales se colaría después la revolución neoliberal.
De modo inesperado, el movimiento #MeToo ha marcado un tiempo nuevo para el feminismo: la recuperación de la palabra como condición de toda transformación real. Un cambio que se constató el 8 de marzo, en que la voz de las mujeres ocupó la calle y se hizo con el espacio comunicacional, con un amplio reconocimiento. Mujeres con carisma de estrellas del espectáculo rompieron el silencio y mostraron sus sufrimientos contenidos, en un aterrizaje que las aproximó a las demás y transformó el paradigma. Se han modificado los términos tanto de la emisión como de la recepción de los mensajes. El terreno de juego se ha ampliado: todos, también los hombres, nos hemos sentido interpelados; el feminismo se ha popularizado, desbordando el carácter elitista de sus manifestaciones más militantes, y el debate se ha abierto incorporando nuevos temas y actores. Se ha ganado voz, por tanto presencia y reconocimiento. La visualización de esta tragedia soterrada que es la violencia masculina sobre las mujeres, con tantas dificultades para salir de las sórdidas paredes de la casa, hacerse hueco en la escena pública y llegar a los tribunales ha actuado como revulsivo. Poco a poco se va perdiendo el miedo y se asume que no hay que soportar el silencio. Y la vergüenza alcanza a los hombres que nada hicimos para romper los muros. El énfasis en la cuestión de la igualdad es una bandera que invita a compartir. Es inadmisible que los hombres y mujeres no sean iguales en derechos y deberes.
El año 68, cuando las aguas de la guerra fría parecían tranquilas e imperaba una paz sórdida, después del espejismo que produjo la coincidencia a principios de la década de cuatro iconos que parecían representar un tiempo nuevo –Fidel Castro, Juan XXIII, John Kennedy y Nikita Jruschov–, de modo inesperado se produjo una sucesión de explosiones revolucionarias a través del mundo. Sólo tenían una cosa en común: el rechazo a las hegemonías ideológicas del momento, ya fuera en el Oeste o en el Este. Y así se sucedieron los sobresaltos, en Berkeley, en Berlín, en Tokio, en Milán, en Varsovia, en Chicago, en París, en Praga, en México y un largo etcétera. En Estados Unidos eran asesinados Martin Luther King y Bob Kennedy y la guerra de Vietnam marcó al país para siempre. En todas partes se impuso rápidamente el orden establecido, pero se abrieron unas brechas que ya no se cerrarían. La crisis del petróleo del 73, símbolo del fin de la hegemonía económica occidental, las amplió. Y los cambios fueron por derroteros muy alejados de lo soñado por los impulsores de las revueltas. Reconstruir aquellos momentos es también una forma de acercarnos a nuestro presente.
En las evocaciones del 68 se olvida a menudo que fue también el año en que ETA cometió sus primeros asesinatos: el del guardia civil José Pardines, en el que fue abatido el militante Txabi Etxebarrieta, y el del torturador Melitón Manzanas. «Dolernos», el relato de Edurne Portela, nos permite, ahora que se ha cerrado el ciclo de violencia que se abrió entonces, afrontar la elaboración de una experiencia que ha marcado a la España actual.