#16 / Marzo-Abril 2016

Editorial

El estado de la vida

Josep Ramoneda

La crisis de los refugiados se ha convertido en el icono del desconcierto europeo. Pero la dificultad de Europa para construir instituciones efectivas, dar legitimidad a la Unión, encontrar su sitio en el nuevo mundo y devolver a los ciudadanos el reconocimiento que les corresponde viene de lejos, de mucho antes que la guerra de Siria. La pérdida del sentido de los límites en los años previos a la crisis económica de 2008, en que la política incapaz de reaccionar al cambio de escala de los problemas se entregó por completo a los designios del poder económico, pasa factura. El espejismo de que la sociedad era una inmensa clase media, con una minoría que ya se había fugado por arriba y vivía su mundo aparte, y otro sector, en la parte baja de la pirámide, sumido en la invisibilidad, se hundió cuando mucha gente que se creía salvada para siempre vio el abismo. Una sociedad que había vivido en la indiferencia política, dejando que los partidos tradicionales hicieran y deshicieran  a su antojo, de pronto descubrió que tenía que hacer oír su voz.

Se rompió el encanto. Aparecieron nuevos actores y creció la sensación de impotencia de unos gobernantes a los que parece que ya sólo les queda el papel de jefes de policía. En algunos países, muchos de ellos del tan civilizado Norte, ha crecido la extrema derecha. En otros, han surgido nuevos actores de izquierdas, generando el pánico en las élites. La forma, con voluntad ejemplarizante, con que se humilló a Grecia ha dañado más de lo que parece el prestigio de las instituciones europeas. En España, con las instituciones saqueadas por las mayorías nacionales y locales del PP, donde la corrupción se ha hecho trama, los intentos de aislar a Podemos ponen de manifiesto la incapacidad de los sectores conservadores de la derecha y de la izquierda de entender que la sociedad está cambiando sobre la base de una profunda fractura generacional. Los menores de 45 años, a los que se les han borrado las expectativas de futuro, buscan nuevas voces para hacerse oír, mientras los partidos de siempre apuntalan su supervivencia en el voto de los mayores. En medio de miserables regateos tácticos y de sistemática elusión de responsabilidades, ¿quién se ocupa de los problemas capitales de una sociedad en transformación? La educación, el trabajo, las relaciones personales, las creencias y las condiciones de la existencia configuran la experiencia humana. Y están sometidas a importantes mutaciones. No aparecen en la agenda política. Sobre ellas, sobre el estado de la vida, gira el bloque principal de este número. Fruto en buena parte del trabajo de la Escola Europea d’Humanitats que La Maleta de Portbou y la Obra Social de “la Caixa” hemos puesto en marcha este año.

En un tiempo en que, como ha explicado Santiago Alba Rico en Islamofobia, la forma en que se estimula el rechazo a lo musulmán recuerda a la construcción del antisemitismo, que hizo del odio al judío algo natural y dio pie al nazismo, el artículo de Fatema Mernissi que publicamos es a la vez un homenaje a su memoria y a todos aquellos que, cualquiera que sea su ubicación cultural, intentan decir las cosas por su nombre, aunque irriten a los que se retroalimentan con la confrontación. Hace ahora un año de la última vez que vi a Fatema. Estaba muy centrada en el papel de la televisión por satélite en la secularización del mundo islámico. Como siempre, hablar con Fatema abría una perspectiva sobre las cosas que hacía saltar por los aires los lugares comunes de los que se empeñan en seguir viviendo unos contra otros.