#19 / Septiembre-Octubre 2016

Editorial

En el vacío que nos habita

Josep Ramoneda

«El voto a favor del Brexit demuestra que las reglas de la política han cambiado de forma irreversible. La estabilización que parecía haberse alcanzado tras la crisis financiera era un camelo. El tipo de capitalismo desigual que existe hoy día es intrínsecamente inestable y no puede legitimarse democráticamente. El error de los pensadores progresistas de todos losgrandes partidos ha consistido en imaginar que era posible aplacar el descontento de grandes sectores de la población ofreciéndoles lo que en el fondo era una continuación del status quo.» Lo dice el filósofo John Gray en este mismo número de la revista. Este razonamiento permite explicar el Brexit, pero también la inesperada ascensión de Donald Trump en Estados Unidos, la consolidación de Marine Le Pen en Francia, el rechazo a la tecnoburocacia europea, o, en general, la sensación de que nuestros regímenes políticos tienen el motor gripado. Y ¿qué hacen los partidos tradicionales para salir de este impasse? Nada. Mirar hacia atrás. Resistir sin el más mínimo esfuerzo de renovación. Confiar en que amaine y las cosas vuelvan a su sitio. Es decir, se niegan a emprender las reformas ineludibles para atender el malestar ciudadano y tratan de resistir con la apelación al miedo.
«Lo virtual es real y lo real es virtual», nos dice Michel Serres, apelando al Quijote, para definir la condición humana. Y la respuesta de la política es especular con la incertidumbre sabiendo que ésta desasosiega a los ciudadanos, en un contexto de cambios en que las expectativas son confusas y cuesta avistar el futuro. El terrorismo y la crisis de los refugiados favorecen la estrategia del miedo. Y al mismo tiempo dan alas a la extrema derecha y a los proyectos de repliegue comunitarista, ante la impotencia de los partidos tradicionales. Vivimos tiempos de secesiones y de elusión de responsabilidades. Gran Bretaña se va. La América blanca y reaccionaria, de la mano de Donald Trump, rompe con un país demasiado complejo para el simplismo del Tea Party. Francia se va a la guerra. Las viejas naciones europeas se fugan hacia el interior de sí mismas. Las naciones que nunca pasaron de potencia a acto buscan su realización definitiva. Los ricos instalados en su particular utopía global se desentienden de sus propios países. Los funcionarios tax free de Bruselas se alejan sin parar de la ciudadanía, instalados en la ideología corporativa de los expertos, encerrados en su burbuja. Los asesinos vestidos de terroristas buscan reconocimiento en la muerte, huyendo de sí mismos y marcando a sangre y fuego a sociedades que nunca sintieron como suyas. En un libro reciente, los profesores Antonio Ariño y Juan Romero describen la experiencia pionera: la secesión de los ricos. Ellos han sido los primeros en irse. Sus países se les hicieron pequeños, los problemas de sus conciudadanos eran un estorbo y las exigencias de los Estados unas barreras a vencer.
Y en medio de este desconcierto hay incluso quien promueve el paso de la democracia de los ciudadanos al despotismo de los expertos (una neoaristocracia para volver a acallar al pueblo). El autoritarismo posdemocrático acecha si la sociedad se sigue descomponiendo. En España, la ciudadanía duda entre los riesgos de la renovación y la falsa confortabilidad del miedo. Si en el 20D expresó sus ganas de armar lío, el 26J no ha osado dar el paso de la irritación al cambio. Los nuevos partidos repentinamente se han quedado sin voz y los de siempre siguen sin querer enterarse de lo que pasa. Y en la voluntad de explorar un mundo nuevo, en que Europa empequeñece día a día, aparecen la negritud y los refugiados, que llevan siglos interpelándonos ante la sordera europea. Lo dice el escritor Velibor Čolić : «Cada uno a su manera trata de llenar el vacío que nos habita.»