#30 / Julio - Agosto

Editorial

Gobernar el futuro

Josep Ramoneda

medida que el progreso tecnológico se acelera, los interrogantes sobre sus usos y consecuencias crecen. Y no podemos quedarnos ni en la resignación fatalista –toda nueva técnica será utilizada por más disparatadas que parezcan sus consecuencias–; ni en el temor conservador a la innovación –que apela al utopismo naturalista–; ni en el entusiasmo infantil –de los que ya fantasean con la eternidad de los humanos.

La evolución técnica ha marcado el proceso civilizatorio. Gracias a ella la sociedad se ha adaptado a la Tierra a mucha mayor velocidad que por la simple evolución natural. Por supuesto, a medida que las prótesis tecnológicas de las que los humanos nos hemos dotado se han hecho más potentes, los usos benéficos y los efectos no deseados han crecido exponencialmente. Gobernar el proceso técnico no sólo es una exigencia moral y política, sino que afecta directamente a la supervivencia de la especie y del planeta. Y en la medida en que la experiencia humana es del presente, aunque se alimente del pasado y busque estímulo en el futuro, no es fácil que las sociedades tomen conciencia de los riesgos reales. Lo vemos con la resistencia a asumir las consecuencias del cambio climático y, por tanto, a aceptar la necesidad de tomar decisiones que afecten nuestras vidas cotidianas.

Hemos entrado en una etapa especialmente sensible: la que toca directamente al secreto de la condición humana, si se me permite decirlo así. Una nueva era en que, como dice Tomàs Marquès, «la modificación a voluntad de nuestra herencia genética debería permitirnos, en un principio, la elección a placer de un modo racional de destino genético de la especie». A partir de aquí todas las fantasías, todos los miedos tienen cabida. Y, una vez más, la ciencia interpela a la ética y a la política. Tenemos que decidir qué se puede hacer y qué no se puede hacer. A primera vista parece razonable estar de acuerdo en que es bueno todo aquello que permite «afrontar enfermedades difícilmente tratables» y que es malo todo aquello que ahonde las brechas sociales y que amenace con la fractura de la propia especie humana entre hombres y superhombres. Pero las relaciones de poder en la sociedad son las que son y las dificultades de poner límites a los más fuertes las vemos cada día. Estamos, por tanto, ante un problema científico, técnico, social, ético y político. Una cuestión de gobernanza que exige que el debate sobre la edición genética sea público y abierto. Y que nos interpela sobre cómo gobernar el futuro cuando la sociedad dispone de instrumentos tan poderosos para intervenir la condición humana. A esta reflexión pretendemos contribuir con el dossier principal de este número y con el encuentro de la Escola Europea d’Humanitats que está en el origen de estos artículos. Entrevistado por Josep Maria Martí Font, el historiador Philipp Blom, que viene resiguiendo las rupturas de la modernidad, dice que «queremos vivir en un presente que nunca se acabe». La edición genética y sus límites tienen que ver con esta humana fabulación.

El doscientos aniversario del nacimiento de Karl Marx ha sorprendido con una renovada recepción de su obra que años atrás parecía como si, al igual que tantas otras cosas, se la hubiera llevado por delante la inundación que siguió a la caída del muro de Berlín. Como plantea César Rendueles, este retorno de Marx tiene que ver «con tres contradicciones del capitalismo, tanto éticas y políticas como materiales: la alienación, la ineficacia y la explotación», que con la crisis ecológica y la necesidad de recuperar la conciencia de los límites han vuelto a emerger y han recuperado sentido.