#26 / Noviembre-Diciembre 2017

¿Qué es el progreso hoy?

¿Hacia dónde van nuestras emociones?

Alberto Santamaría

© Sean Mackaoui, www.mackaoui.com

Hoy el progreso ni afecta ni compromete

«Si el género humano retrocediera y acelerase su caída hacia lo peor, no debe perderse la esperanza de que encuentre un punto de inflexión en su camino (punctum flexus contrarii), donde nuestra especie vire de nuevo hacia lo mejor merced a la disposición moral depositada en ella.» Esto escribía Kant a finales del siglo XVIII, haciendo alarde de su conocido y vehemente optimismo. «No debe perderse la esperanza», dice Kant emulando a los maestros actuales del coaching, porque lo mejor está por llegar. La idea de progreso era en ese momento un ideal regulador de la existencia, un futuro compartido. Sin embargo, poco queda hoy (quizá para bien, no lo sé) de este optimismo. «El progreso ha sido interrumpido y deshecho», dirá décadas más tarde William Morris. En este sentido, no cabe duda de que la fuerza y la eficacia de la palabra progreso parece haber desaparecido del registro narrativo que en el pasado sirvió para legitimar diferentes discursos políticos. Por tanto, nos preguntamos si es posible hoy volver a hablar de progreso. En España, por ejemplo, un superficial repaso a los programas políticos de los principales partidos muestra un curioso ejercicio retórico. Por un lado, la palabra progreso se mantiene como elemento literario, aparece en diversos momentos, lugares y contextos, incluso en negrita o en cursiva en los programas electorales más atrevidos, pero dicha aparición, por otro lado, revela al mismo tiempo su carácter transparente y hueco, como palabra vacía. Esto es, la palabra progreso aparece como una especie de adorno visiblemente ar-tificial junto a, eso sí, palabras notables tales como económico o tecnológico. Así pues, la palabra progreso luce bien en cualquier lugar en la medida en que como palabra vacía no afecta realmente ni compromete a ningún tipo de demanda a quien la nombra. Podríamos decir que hoy es una palabra fantasma o, mejor, zombi. En efecto, la palabra progreso ha abandonado de este modo su antiguo carácter de promesa, y que como tal exigía un vínculo, una necesidad, una acción. En este sentido, progreso pierde su vieja aureola, alejándose del universo ilustrado donde se relacionaba directamente, como sabemos, con la emancipación, la autonomía, la cultura, los derechos, y, por supuesto, el optimismo. Su estatus de promesa se ha difuminado. Esta ruptura parece evidente hoy. Sin embargo, sobre lo que me gustaría centrarme es sobre otro elemento. Aceptando, como acabamos de hacer, que la idea de progreso ha perdido su presencia en tanto que línea motriz dentro de las narraciones neoliberales, su necesidad, su estructura casi religiosa, o mitológica, basada en el tránsito o en el cambio, continúa estando en el núcleo de muchos de nuestros actos. Si bien la narración del progreso, de la utopía como lugar soñado, desaparece dentro de la crisis del neoliberalismo, éste sigue necesitando narraciones que estructuralmente funcionen como formas del progreso y de la utopía para poder legitimar su propia existencia. Es decir, el neoliberalismo necesita hoy mostrar que no es sólo una forma de técnica de gobierno. Desde mi punto de vista, la narrativa del progreso ha encontrado acomodo (es decir, se ha desvirtuado) en dos territorios en apariencia contradictorios: por un lado, el relato del crecimiento económico y tecnológico, ambos entendidos como ejes legitimadores de cada acción, y, por el otro, la necesidad de apoyar o sostener este crecimiento sobre la base de una narración marcadamente afectiva, ahistórica y, por supuesto, despolitizada. Conforme se impone el modelo del crecimiento económico y tecnológico como relato (con todas sus consecuencias trágicas sociales y medioambientales), éste se acompaña paralelamente de un entramado cultural que convierte el pasado en algo consensual, homogéneo, desproblematizado.

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