#8 / Noviembre-diciembre 2014

Editorial

Hurgando en los escombros

Josep Ramoneda

El modelo de capitalismo que emergió en los años ochenta había conseguido la legitimidad social con una ilusión y dos trampas. La ilusión era que la gran mayoría de la sociedad constituía una enorme clase media, con los mismos deseos y ambiciones, aunque con diferentes marcas en función del poder adquisitivo. Una gran clase que iba de Zara a Vuitton, en la que el juego de las imitaciones agrandaba la confusión. Se daba de esta forma por sentenciada la clase obrera y su potencial capacidad revolucionaria. Las trampas eran el esfuerzo, la meritocracia como vía de redención social y de pleno acceso a todas las fantasías del consumo; y el azar, al modo del llamado capitalismo popular, la posibilidad de dar un pelotazo en la pirámide, es decir, de apuntarse a la quimera del dinero fácil. Este edificio se vino abajo cuando colapsó el motor: la deuda. Se tomó conciencia del nivel de desigualdades acumulado y se rompieron las clases medias entre los instalados –con trabajo fijo y consolidado– y los precarios. De pronto, la precariedad se ha hecho un hueco en las ciencias humanas, como una categoría para explicar la nueva estratificación social.

Si nos atenemos a lo que nos dice Guy Standing, el precario es una persona con trabajo casual, por poco tiempo, con salarios escasos y provisionalidad absoluta; que no tiene, por tanto, acceso a los derechos y garantías sociales del empleo estable; y que vive la condición de ciudadano muy limitada por un Estado que no le reconoce plenamente. En colaboración con Agenda blica, ofrecemos una mirada sobre la realidad del precariado, como forma de reconocimiento de los que en ella se encuentran, para analizar las posibles derivaciones políticas y culturales (generacionales) de este fenómeno. La precariedad está en el origen de algunos de los movimientos sociales que han aparecido recientemente y de la presión por ampliar el campo de lo posible en unos sistemas políticos cada vez más cerrados y opacos.

El desconcierto europeo (del que hablábamos en el número anterior) y las incertidumbres derivadas del proceso de globalización, han dado pie a un cierto retorno de lo religioso, de nuevas figuras de expresión comunitaria, de formas diversas de identidad, hasta el punto de que el filósofo Pierre Manent ha dicho sentirse «más impactado por los progresos de la fragmentación que por los de la mundialización». Reaparece así el viejo debate sobre religión y tolerancia, que ocupa parte de este número. «Lo que nos urge –escribe Adrien Candiard– no es hablar menos de religión, si no volver a aprender a hablar de ella de un modo racional».

Sin duda, la caída del muro de Berlín, de la que se celebra el 25 aniversario, tuvo un carácter determinante en la configuración de los modos de gobernabilidad surgidos de los 80. El miedo al comunismo había desaparecido y, por tanto, dejaba de condicionar al poder occidental. Josep María Martí Font traza un retrato de Angela Merkel que es una crónica del presente que arranca de aquel momento fundacional.

En fin, si la crisis del régimen político de la transición necesitaba un icono, Jordi Pujol, con su confesión, nos lo ha regalado, el banquero que quiso construir Cataluña y que fue figura clave de aquel proceso es ahora un mito roto cuya caída da pie a Josep Maria Ruiz Simon para construir un retrato de toda una época.

Las ruinas son tema recurrente del arte actual. «Hoy, el mundo ha muerto. O puede que ayer, no lo sé», escribe Hiroshi Sugimoto. La obligación del pensamiento es hurgar entre los escombros para diagnosticar el presente y volver a pensar en el futuro.