#17 / Mayo-Junio 2016

Editorial

La impotencia del mundo a la luz del terrorismo

Josep Ramoneda

1. La suspensión de la razón

En su último libro, Voltaire contraataca, cargado de valor testamentario, André Glucks-mann se despedía recordándonos la cuestión de fondo a la que nos enfrentamos los europeos: la nueva realidad de un mundo en que «una parte de sus habitantes chinos, indios, brasileños, indonesios, vietnamitas y otros tantos emergentes» han dejado de sentirse condenados, como sus ancestros, «al eterno retorno de la miseria y de la servidumbre» y desafían a la vieja Europa presunta propietaria de los valores universales.

Uno de los éxitos del terrorismo es que provoca fácilmente la suspensión de la razón. Ante el impacto del terror tienden a imponerse dos formas de suspensión del juicio: el miedo y la venganza. El miedo es, en el fondo, la colonización de nuestras mentes por parte del atacante. La venganza es la respuesta automática, que pasa por la búsqueda desesperada del chivo expiatorio, del que pague por nuestra desgracia. Y a menudo la reacción de los gobernantes, que se sienten debilitados por su dependencia del poder económico global, es especular con estas dos reacciones espontáneas, para tratar de encuadrar a los ciudadanos detrás suyo, convertidos en jefes militares y policiales, que es la parte principal del poder que les queda. El pensamiento crítico queda en suspensión y reflexiones como la de Glucksmann son un estorbo. Si estamos en guerra hay que definir un enemigo y establecer un frente. Nosotros contra la barbarie, nosotros contra el islamismo radical. Poco importa que las categorías sean imprecisas. ¿Barbarie e islamismo radical? ¿Dónde empiezan y dónde terminan? Apuntamos a enemigos lejanos, pero los terroristas son europeos como nosotros. Europa tiene un problema que no se resuelve proyectándolo en una guerra contra un enemigo impreciso.

Plantear que Europa vive en una profunda crisis social, política y moral (la gestión del problema de los refugiados nos acerca la barbarie) es una impertinencia que convierte en sospechoso al que la sugiere. Las exigencias de la libertad parecen perder color ante el imperativo de la seguridad. Y recordar que no hay seguridad sin libertad es de mal gusto. Parte de la intelectualidad europea otrora liberal o libertaria asume ahora un discurso que viene de lejos y que se hizo fuerte con las autoritarias políticas de austeridad contra la crisis: el control social. El paso de la democracia al autoritarismo postdemocrático.

Y, sin embargo, hay muchas cuestiones que no deben eludirse. ¿Europa está dispuesta a seguir siendo un lugar de libertad a pesar de que buena parte del mundo vaya evolucionando hacia nuevas formas de autoritarismo y despotismo capitalista de Estado, como es el caso de Rusia o de China? ¿Por qué algunos jóvenes se sienten atraídos por la violencia? ¿Cuáles son los mecanismos que les conducen a ella?

La deriva hacia la restricción de las libertades no es en Europa un fenómeno coyuntural, un momento de excepción asociado a la lucha contra el terrorismo, sino que está tomando cuerpo de forma estructural, como hemos visto tanto en la respuesta a la crisis económica como en la crisis de los refugiados.

Dice el escritor belga David von Reybouck: «Las jóvenes que se alistan al Estado islámico conocen mejor el robo de coches que las suras del Corán». En la misma dirección que algunos investigadores han constatado: la tendencia de los últimos años es que la violencia va por delante de la ideología. No es una novedad que algunos jóvenes se sienten atraídos por la violencia terrorista. Se ha visto en el pasado tanto con el terrorismo de extrema izquierda como con el de extrema derecha. La novedad en Europa es la disposición a la autoinmolación, el matar muriendo que rompe lo que podríamos llamar el pacto antropológico: yo no quiero morir, tú tampoco. Y la otra novedad es que el discurso legitimador no sea una ideología o creencia autóctona, sino que haya venido de fuera como si de una venganza de las viejas colonias se tratara.

Vivimos el contexto de la sociedad global, con sus tecnologías de la información y de la comunicación. Un mundo en que Occidente ya no es el epicentro, superada la fantasía del fin de la historia y del triunfo definitivo del modelo liberal democrático. Bombardear al Estado islámico y seguir teniendo como aliados a los países del Golfo que le suministran dinero, armas, adoctrinamiento y recursos es un doble lenguaje que resta toda credibilidad al discurso de la guerra. La prioridad debería ser actuar sobre los europeos que han optado por aterrorizar a la sociedad en la que viven, que se cuentan por pocos miles, que son identificables y que podrían ser muchos menos si se aplicaran políticas de proximidad, de cura, en aquellos espacios de los que surgen, y un mayor esmero en la gestión represiva: el papel de las cárceles es determinante.

Hay que estar preparados para que la violencia terrorista forme parte de nuestra normalidad durante un tiempo. Que las bolsas no se inmutaran cuando los atentados de Bruselas induce a pensar que el dinero lo da ya por asumido. Pero la normalidad que hay que defender es otra: que los ciudadanos europeos puedan seguir viviendo libremente su vida. Y esto significa repensar el lugar de Europa en el mundo y renovar los modos de gobernanza europeos. La gestión de la austeridad, la crisis de los refugiados y la cuestión terrorista tienen una cosa en común: la ineficiencia de las instituciones autoritarias y la ausencia de un proyecto europeo que dé expectativas de futuro a la ciudadanía. Si la casta europea no se renueva, si las instituciones no dan un salto adelante, se consolidará el camino emprendido de repliegue nacional. Si Europa no funciona, sólo quedan los Estados. Y éstos por sí solos están condenados la irrelevancia. Europa hoy es una idea demasiado vacía.

2. ¿Por qué matan?

La curiosidad es el motor del conocimiento. Sin ella, la humanidad estaría en harapos. Los niños crecen con los porqués. Hay una edad, cuando sospechan que el mundo es algo más que el envoltorio que les ampara, en que ametrallan a preguntas y cada respuesta viene replicada con un nuevo por qué, en un encadenado que, a menudo, acaba con la paciencia de los padres.

¿Por qué matan? ¿Por qué un joven sin atributos precisos puede convertirse en un terrorista suicida dispuesto a matar muriendo? «No tengo respuesta, no sé si la hay, quizás alguien la tiene», dice la novelista Scholastique Mescasonga, que perdió 27 familiares, entre ellos su madre, en el genocidio de Rwanda. Y añade: «¿de qué servirá la respuesta si la pregunta es el Hombre?». La matanza indiscriminada es pensable: no para asumirla con fatalidad sino para responder a ella con exigencia moral y lucha ideológica. Son humanos como nosotros, sí. Hay causas económicas, sociales y políticas que crean las condiciones para que estos comportamientos sean posibles, muchas. Y hay personas que especulan con estos comportamientos en beneficio de determinados intereses, también. Todas estas cosas son ciertas y hay que buscar respuesta a todos los porqués. Pero sin que este afán de objetividad explicativa sirva ni de exculpación ni de justificación, ni nos sitúe en la banal tendencia a colocar todas las ideologías y creencias en el mismo plano olvidando la perspectiva moral: el mal existe.

Sobre la naturaleza de los atentados, poco a añadir: el proceso de transformación de un joven en asesino a partir de la búsqueda de reconocimiento está descrito. Matar en nombre de Dios es la máxima expresión del nihilismo: no hay límites, en su nombre todo es posible. «Es blasfemia», ha dicho el Papa Francisco. Y lo celebro viniendo de una Iglesia que se hartó de matar en nombre de Dios. Como escribió Martin Amis, ir más allá de la razón significa «trascender los confines de la ley moral», «entrar en el universo ilimitado de la locura y la muerte». Por eso, lo peor que se puede hacer frente al yihadismo es dar una respuesta de creyente, como hizo Bush.

Me preocupa el relato del porqué en manos de los dirigentes políticos. Hay una sobreactuación que invita a pensar en un ejercicio de quíntuple ocultación: de un mundo cambiante, en que los humillados de ayer desafían de mil maneras y con instrumentos heredados de nosotros al autocomplaciente poder europeo y occidental. De los circuitos de intereses, dinero y armas que mantienen a Occidente atrapado en la red de las monarquías del golfo y de siniestros personajes como Erdogan. De la cadena de errores estratégicos que de Irak a Siria y Libia han alimentado el volcán. De la incompetencia en la coordinación política y policial en la propia Europa. De la impotencia para dar una perspectiva política a los ciudadanos que se movilizaron en enero cuando el atentado a Charlie Hebdo. ¿Por qué en un año los gobiernos occidentales no han sido capaces de dar una respuesta política a este desafío? Esta pregunta expresa de modo diáfano el deterioro de Europa.

3. El factor religioso

Santiago Alba Rico, en su libro Islamofobia, describe los mecanismos que están consiguiendo que «un horror justificado se proyecte en forma de prejuicio» sobre el islam y los musulmanes. Y advierte sobre el paralelismo entre la formación actual de la islamofobia y la construcción del antisemitismo a principios del siglo pasado, que hizo que el odio a los judíos se impusiera a las sociedades europeas como una cosa natural.

Todos sabemos que la amenaza yihadista no es el principal problema que tiene Europa, a pesar del carácter terrible de sus acciones puntuales. Pero cínicamente los gobiernos, muy debilitados por los estragos de la crisis y de la austeridad expansiva, que han partido a las clases medias por la mitad, muy desconcertados por el retorno de la plebe, siempre difícil de controlar, como expresión de la irritación del pueblo contra las élites, utilizan el miedo para legitimarse, aunque sea al precio de construir monstruos como la islamofobia, que pueden conducirnos a situaciones impensables como ocurrió con el antisemitismo. La sensación de precariedad está muy extendida en la sociedad y, en estas circunstancias, construir un culpable de todos nuestros males es tan fácil como enormemente peligroso. De ahí la irresponsabilidad de nuestros gobernantes al asumir la agenda de la extrema derecha.

Puesto que Dios existe, todo está permitido. Éste es el marco mental con el que se legitiman quienes llevan hasta el extremo de matar y morir la lucha por el reconocimiento, que caracteriza, según Hegel, la condición humana. Y lo hacen con el ritual «de una extraña identificación apasionada» descrito por Jacqueline Rose: tomar al enemigo contigo en un abrazo mortal. Si Dios lo ordena no puede estar mal. Es la inhumanidad de Dios. Nada inhumano nos es ajeno. Decimos que los terroristas son monstruos porque nos parece que excluyéndolos de la condición humana alejamos el horror.

La religión convierte la violencia en sagrada. Lo explica el poeta sirio Adonis: «La historia también ha sido creada por Dios y el profeta. No ha sido escrita por los musulmanes. En consecuencia, es divina. Y dentro de esta historia, el bien es lo que es admitido por el islam, y el mal, lo que es rechazado, sin ningún respeto por lo que es permitido o prohibido en otros pueblos». «El otro es algo a anular en tanto que otro. De ahí la violencia de la yihad. El asesinato del otro es una yihad. Y como tal deviene sagrado. La yihad conduce al paraíso, lugar de quietud y de placer. Eros y Thanatos se unifican en la yihad.» Ésta es la mentalidad que el pensamiento crítico europeo ha de combatir. Contra el fatalismo del bien, contra «la engañosa benevolencia de los estafadores que prometen el paraíso en la tierra como en el cielo y nos llevan al infierno», para decirlo como Glucksmann. Y para ello hay que rescatar a Europa de la tentación del miedo y la inocencia.