#25 / Septiembre-Octubre 2017

Francesc Serés

La literatura en la época de la posciudad

«A veces me siento culpable bajando del tren en Crown Heights y dirigiéndome al renovado edificio de cuatro plantas de antes de la guerra en el que vivo. No sé mucho sobre Brooklyn, pero sí que antes vivían aquí varias familias. Se han visto obligadas a marcharse mientras la economía se aprovecha de los millennials dispuestos a pagar más. Había un único apartamento renovado en el edificio cuando me mudé aquí: el mío. Por eso me siento tan culpable. Es como si le hubiese arrebatado algo a alguien. Cada mes, una nueva familia se marcha y otro apartamento es renovado para poder cobrar un alquiler más alto dentro de una comunidad a la que miramos por encima del hombro. Cada día veo aparecer un  nuevo edificio que traerá a más gente, culpables como yo, a vecindarios a los que no habrían pensado mudarse hace tres años. Aunque las nuevas generaciones necesitan un lugar en el que vivir, las anteriores que se establecieron aquí antes no merecen que se les fuerce a competir por sus casas. Sugiero que se establezca un tipo de alquiler a largo plazo y se creen nuevos espacios para los inquilinos de hoy en día». Charisma, del proyecto The Original New Yorkers. Fotografía y texto © Haruka Sakaguchi

Del Londres de Dickens al París de Zola, pasando por el Trieste de Svevo, el Nueva York de Auster o el San Petersburgo de Bulgákov o Dostoievski, se podría decir que la relación de la ciudad con la literatura ha sido algo más que estrecha. Ha creado mapas propios y ha dibujado recorridos que han llenado de relatos calles y plazas. Ha sido así desde que tenemos constancia escrita de su existencia. Lo hemos leído en las tablillas de Mesopotamia que acompañaban los clavos fundacionales, en la narración de los límites de Roma o en la destrucción de los que protegían Troya.

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