#28 / Marzo-Abril 2018

Editorial

Sobre la novedad de lo nuevo

Josep Ramoneda

¿Qué es lo nuevo? Hay fascinación por la novedad. La historia viene de lejos, pero rompe esquemas en la modernidad en que lo nuevo adquiera significación social y política: antiguos y modernos. Los que viven en el pasado y los que apuntan al futuro: el mundo es suyo.

La novedad es intrínseca a la naturaleza, por eso hablamos de evolución, por eso nos diferenciamos de nuestros antepasados los primates. Los avances científicos están ya trasladándose a la práctica. Unas técnicas que abren enormes interrogantes éticos y políticos. La novedad forma parte también de las expectativas de una especie abrasada por la contingencia. Las religiones entendieron la necesidad del momento epifánico, de la buena nueva, que aunque fuera definitiva –Cristo en la Tierra– era promesa de redención. Pero la novedad era esencial en aquellos proyectos que apostaban por la razón y la libertad, singulares atributos que, a juicio de Montesquieu, nos convertían en la rareza del universo. La novedad como avance en el conocimiento, una novedad que genera cambios de paradigma que hacen que de pronto las cosas se digan y se hagan de otra manera. La novedad en el proceso literario y artístico, como la capacidad de renovar los códigos y los cánones que, en los entusiasmos vanguardistas, los mediocres convirtieron en barreras sin marcha atrás.

La enorme potencia de las prótesis que nos hemos construido para dominar la naturaleza hace que hoy hablemos de Antropoceno, para expresar el peso de nuestra acción sobre la Tierra. La novedad no sólo ilumina el futuro sino que resucita el miedo a lo apocalíptico. De hecho, con las últimas revoluciones técnicas (con sus efectos sobre la información, el trabajo, el poder y la vida) la literatura utópica se ha vuelto súbitamente distópica, como explicó José Ovejero en esta misma revista. ¿Cuál es el fin de la bomba atómica, dar luz eléctrica a todo el mundo o arrasar el planeta? ¿Cuál es el fin de la cultura digital: derribar las paredes de la intimidad de las personas (totalitarismo es aquel régimen en que el ciudadano no tiene espacio propio, está siempre expuesto a la visibilidad, nos enseñó Kundera), o dotar a los individuos de una capacidad de interrelación, de expresión, de afirmación, sin precedentes? Lo nuevo nos coloca ante la responsabilidad de afrontar cuestiones que hasta ahora habíamos delegado a los dioses.

En este momento, el mito de lo nuevo emana directamente de la dinámica del capitalismo, del desenfreno de un proceso de globalización en que la novedad es el reclamo para el negocio y la innovación es el horizonte insuperable de nuestro tiempo. Lo nuevo se propaga viralmente, lo nuevo vende, lo nuevo es efímero, lo nuevo atrae. Pero ¿qué es lo nuevo? Nuevo llama al pasado, porque no hay nuevo sin antiguo; nuevo tiene historia, no surge de la nada; nuevo, en la modernidad, remite a progreso, pero a medida que se va acumulando novedad entran las dudas sobre los monstruos engendrados. En este clima de aceleración y de ruido en que la novedad es una exigencia, ¿lo nuevo es realmente nuevo? Se nos venden cada día como novedades las cosas más viejas del mundo. Nada refleja mejor la paradoja de la novedad que el gadget mediático de moda: la posverdad. ¿No es ridículo que en pleno siglo XXI se presente como novedad que las personas toman sus decisiones por criterios que no siempre son racionales? Si hay alguna posibilidad de retomar la vía del progreso como idea de emancipación individual y colectiva, antes de que el autoritarismo posdemocrático se imponga definitivamente, hay que empezar por poner lo nuevo en su sitio. Desenmascarando el falso nuevo que nos habita. Y sin caer en la fascinación que impide ver los límites de lo nuevo. Lo nuevo, por el solo hecho de serlo o parecerlo, no es garantía de nada. El velo que separa la cultura de la barbarie es muy fino.