#28 / Marzo-Abril 2018

La novedad como repetición fallida

Santiago Alba Rico

Silvie Fleury, Ela 75K, Plumpity… Plump, 2000. Carro de supermercado chapado en oro, con base de espejo giratorio, 83 x 55 x 96 cm. © Silvie Fleury, cortesía de la artista
y Almine Rech Gallery

Todo es nuevo, nuevo, nuevo.
Tony Blair, 1997

La cuestión «qué es nuevo», con su precisión enigmática, despliega a mi juicio todas las incertidumbres de nuestra época. No se refiere sólo a la dificultad para distinguir lo nuevo de lo viejo sino a la necesidad de preguntarse por la relación cambiante de los humanos con la «novedad». Cuando Tony Blair, en pleno júbilo globalizador, tras el fin de la Guerra Fría, celebraba en 1997 cualquier advenimiento –cualquier acaecimiento– como novedoso, estaba cifrando de manera un poco infantil la victoria de esa lógica hegeliana que Margaret Thatcher había sintetizado un poco antes, de otro modo, con su coactivo «no hay alternativa» de 1980. A finales del siglo pasado, en definitiva, no sólo distinguíamos lo nuevo de lo viejo con la misma facilidad con que distinguíamos el futuro del pasado sino que manteníamos con el futuro y, por lo tanto, con la novedad, una relación concupiscente, esperanzada y claramente favorable. El futuro –al contrario que el Angelus Novus de Benjamin– venía hacia nosotros en un vagón cargado de bienes nunca antes vistos y lo único que podíamos lamentar es que, por mucho que acelerase su marcha, se presentaba siempre a una insuficiente velocidad.

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