#27 / Enero-Febrero 2018

Andrés Barba

La politización de la risa

Giovanni Battista Tiepolo, Alejandro Magno y Diógenes, 1770. Óleo sobre lienzo, 47 x 60 cm, Museo Estatal del Palacio Yusúpov, Sant Petersburgo

El extraño caso de la monarquía

A los desinhibidores naturales más poderosos de la risa –el sufrimiento y el sentimiento– tal vez podría añadirse un tercero de alcance atómico desde el punto de vista político: el miedo. Sólo eso explica que en tantas situaciones objetivamente cómicas no se produzca ni el esbozo de una sonrisa. En una reunión extraordinaria de las Cortes del 22 de julio de 1969, Francisco Franco nombró a un joven Juan Carlos de Borbón «Príncipe de España» y sucesor legítimo. Si hay una memoria natural de los países, tal y como hay una memoria natural de los individuos, se puede decir que esa es todavía una de las imágenes que cualquier español mira aún con estupor por mucho que fuera también una situación de grandes posibilidades cómicas. El joven príncipe podía tener un aspecto de títere más o menos reconocible pero era también dos cosas particularmente ominosas: el heredero político legitimado por Franco y un militar. Descontextualizadas de esas cualidades y en un entorno adecuado, las imágenes del NODO de las visitas de los príncipes a los pueblos de una España que desconocían casi por completo y que a duras penas conseguía ocultar su retraso podrían haber ingresado sin problema en la categoría de la alta comedia. Todas aquellas miradas cargadas de extrañeza, animadversión y arrobo de los españoles al ver pasar a ese joven príncipe cuyo padre había sido defenestrado por el dictador y esa princesa cuyo acento extranjero era casi más extranjero que su peinado contrastaban abiertamente con la distancia mental y sentimental –difícil de ocultar en la juventud– que sentían por ese mismo pueblo. La sonrisa congelada de la princesa Sofía y la autoridad entre distante y un poco pánfila del que más tarde se convertiría en Juan Carlos I podrían haber sido materia para un largometraje de Berlanga.

Para leer este artículo completo COMPRA ESTE NÚMERO o SUSCRÍBETE A LA REVISTA