#11 / Mayo-Junio 2015

Editorial

La revolución de la dignidad

Josep Ramoneda

«La laicidad se ha convertido en una cuestión de vida o muerte en sentido literal», escribe Paolo Flores d’Arcais. El ataque a Charlie Hebdo nos coloca de nuevo ante un debate que parecía ya superado en las sociedades post-seculares. La cuestión de la laicidad es también la de la libertad de expresión y sus límites. Y mira directamente a la cuestión religiosa en estos tiempos en que las grandes confesiones ven amenazados sus monopolios territoriales y la lucha por el mercado de las almas adquiere a veces dimensiones brutales.

La laicidad define un espacio en que nadie tiene derecho  a escapar al cedazo de la razón, ni siquiera en nombre de una presunta legitimación trascendental. Todos somos iguales ante la libertad de expresión. Las masivas movilizaciones en Francia en defensa de los valores republicanos no impidieron que poco a poco surgieran voces que acusaban a los dibujantes de haberse buscado la desgracia con sus provocaciones. Las religiones monoteístas no perdieron la oportunidad de pedir respeto a los sentimientos de los creyentes, como si lo sagrado mereciera un trato especial. «Si un gran amigo habla mal de mi madre, puede esperarse un puñetazo, y es normal.»  Con esta desafortunada frase, el Papa Francisco pretendió definir, en términos subjetivos, los límites de la libertad de expresión. En realidad, estaba legitimando irresponsablemente la violencia como respuesta. La frase no era muy distinta de la pronunciada por un musulmán anónimo a la salida de la plegaria del 9 de enero frente a la mezquita de París: «¿Cómo pueden ustedes permitir que se insulte la cosa más sagrada para mí? El profeta es más sagrado que mi madre, mi padre y mi propia existencia sobre la Tierra». Las creencias religiosas se resisten a ser como las demás. No aceptan que juicios como «Dios existe» son inefables, son juicios que no juzgan, que sólo admiten adhesión incondicional. Y la libertad de expresión no entiende de incondicionalidades. «La libertad igual», dice Paolo Flores, «encuentra su límite en la igual libertad para todos los demás».

En el fondo de este debate está la cuestión de la verdad. La verdad que emana de Dios es presentada como incontestable. La voluntad de imponerla al mundo como salvación es incompatible con la libertad. La mayor promiscuidad entre culturas, emanada de la globalización, vuelve a poner sobre la mesa la cuestión recurrente de la compatibilidad entre religión y libertad. El cristianismo aceptó la tolerancia como una concesión: estáis equivocados pero os concedemos la palabra. Nunca ha hecho el salto a la plena aceptación de la laicidad.

Pero el debate sobre religiones lleva siempre a la condición de la mujer, a la que tanto el cristianismo como el islam han tendido a otorgar una posición subalterna. La escritora marroquí Fatema Mernissi relata el colapso de la masculinidad en el islam digital.  «Lo que hace que la juventud árabe se haya lanzado a surfear las olas digitales», escribe, «no es el terrorismo como se cree en Occidente; es la indagación imperiosa para negociar nuevas relaciones amorosas democráticas». Una cuestión de dignidad, como coreaban las primaveras árabes.

En este aprendizaje de lo digital por parte de un ser analógico como el hombre, adquieren sentido algunas interrogaciones que planean sobre este número de La Maleta de Portbou: ¿quién controlará el futuro en una utopía digital (Prada Blanco) en que los humanos estamos sometidos a una aceleración desconocida (Taylor) que nos lleva a hablar incluso de la condición posthumana (Fukuyama)? ¿Cómo crear círculos virtuosos que permitan reinventar el Estado social (Camps)? ¿Cómo recomponer una sociedad fracturada a partir de una nueva forma de radicalidad, la que reivindica la normalidad frente a las fantasías totalitarias de un poder económico sin límites (Garcés/Rendueles)? Demos la última palabra a un clásico: «A Alemania la han democratizado las derrotas», escribía Thomas Mann.