#2 / Noviembre-Diciembre 2013

Editorial

La teoría y la vida

Josep Ramoneda

Mia Couto, que escribe y trabaja en Mozambique, nos advierte de cómo la construcción del miedo destruye las relaciones entre las personas y entre los países. La impunidad del poder se edifica sobre la propagación del pánico al otro, a la naturaleza, a la realidad de todos los días. Por todas partes hay peligros y enemigos. Cualquier fractura política y social va acompañada del correspondiente despliegue de clichés y tópicos que culpan al otro de nuestras miserias y nos exculpan a nosotros de nuestras sandeces.

El discurso del miedo es el acompañamiento ideal de la doctrina neoliberal que se adueñó ideológicamente del mundo a partir de los años 80 y capitalizó el hundimiento de los sistemas de tipo soviético. Esta doctrina reduce al individuo a sus intereses estrictamente económicos; niega el carácter social del individuo –y por tanto cualquier idea de responsabilidad compartida– declarando «al ser humano como autosuficiente», en expresión de Tzvetan Todorov; reniega de la función social y distributiva del Estado; y busca a menudo alianzas religiosas para el control ideológico de la ciudadanía, propagando los valores de la competitividad, verdadero horizonte ideológico de nuestro tiempo, de la sumisión y del resentimiento. Como dice José Luis Pardo: «Vivimos un tiempo en el cual la moral (convertida en “estilos de vida” o “identidades”) parece estrangular las pocas arterias que los mercados financieros le dejan libre a la acción política». Y, sin embargo, la política es una de las pocas vías que la ciudadanía tiene para hacer frente a los abusos sistemáticos de poder de los más fuertes, en una sociedad que crece imparablemente en desigualdad y en que las élites parecen hacer vida aparte. Con las nuevas tecnologías de la información, el debate público se ha acelerado hasta unos extremos en que es difícil tomar la distancia y el tiempo necesarios para que los sobresaltos cotidianos de la historia narrada por los medios no nos hagan perder de vista los tiempos largos y los cambios de fondo. Con este propósito, en este número hemos querido mirar a Alemania, más allá de la coyuntura electoral, de las disputas domésticas de la Unión Europa, con ánimo de aproximarnos a las fracturas –tan determinantes para la Europa moderna– de un país que demuestra más que ninguno que la cultura puede ser fuente de lo mejor y de lo peor, de un alto grado de creatividad e incluso de refinamiento en la construcción de sus instituciones (como ocurrió después de la guerra) o de la más absoluta barbarie. Y nos hemos acercado también a la memoria de América Latina, con dos relatos y una galería tejidos sobre experiencias personales e iconografías de los desgarros políticos recientes.

Samuel Johnson decía que la teoría tiende a limitar la libertad de la voluntad, mientras que la experiencia la expande. El ensayo entendido como el lugar de encuentro entre la teoría y la experiencia es el camino por el que esta revista transita. Por eso, en este número evocamos a quien lo llevó más lejos en el ejercicio de acercarlo a la peripecia humana: Michel de Montaigne, que nos advirtió del riesgo de perder el sentido de la vida si, con la pretensión de analizarla mejor, nos alejamos excesivamente de la realidad. Los
economistas deberían tomar buena nota de ello.