#27 / Enero-Febrero 2018

Editorial

Las trampas de un debate

Josep Ramoneda

1. «Potencia nacional sin llegar nunca a su cumplimiento como acto», este parece ser el destino de Cataluña. Y la explicación del carácter trágico de su conciencia nacional. Un destino sisífico: inaccesible aunque en algunos momentos se haya podido crear la ficción de que estaba cercano.

«Toda la vida de las sociedades en las que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era directamente vivido se ha alejado en una representación», así iniciaba Guy Debord la La sociedad del espectáculo (1967).
Del proceso de espectacularización (que es a la vez de individualización y de aislamiento del ciudadano reducido a sujeto económico) no se salva ningún ámbito de creación de significado, ni el mercado, ni la política, ni los medios de comunicación.

Por eso los conflictos políticos tienden a convertirse en rituales de persuasión en los que no cabe otro punto de vista que el de las partes. Así se ha ido configurando un pensamiento ilusorio que promueve el alejamiento de los ciudadanos de su propia realidad, a partir de construcciones mentales aparentemente sin fisuras, que sólo funcionan en la dialéctica de confrontación amigo-enemigo. Y en este terreno sólo hay una vía realmente transformadora que está en aquellos discursos que, rompiendo el simplismo del «estás conmigo o estás contra mí», intentan introducir elementos de realidad que subviertan el espectáculo retroalimentado por las partes en conflicto. Y sólo si desde el pensamiento crítico se abren brechas en los supuestos del espectáculo se puede evitar que se nos imponga una apariencia de realidad que es recreación de lo falso.

En este contexto, afrontar intelectualmente la cuestión catalana requiere tres ejercicios previos: desmitificarla y enmarcarla en las actuales transformaciones del mundo; resistirse a las trampas del debate público, e introducir el principio de realidad contra el pensamiento ilusorio. A ello quiere colaborar La Maleta de Portbou con el dossier de este número.

2. Ni raro ni endógeno. Ensimismados en nuestras cuitas familiares, cargados de prejuicios hispánicos, tendemos a ver el conflicto soberanista como un fenómeno singular, extraño, retrógrado para algunos, propio de inacabables desencuentros de una nación española que nunca se cerró por completo. Pero sin negar ninguna de las circunstancias específicas del caso catalán, es higiénico situarlo en un marco más general: la crisis de gobernanza de la democracia liberal europea, fruto de las mutaciones generadas por el paso del capitalismo industrial y local al capitalismo financiero y global.

El sueldo medio de los nuevos contratos en España es un 12% inferior al de antes de la crisis. Los salarios están a la baja, el trabajo está precarizado y seguirá así. El crecimiento no garantiza una mejora generalizada del bienestar. Y las políticas llamadas reformistas no hacen más que recortar garantías y protección a los trabajadores. Macron acaba de cargarse el pacto social que había dado cohesión a Francia desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El amplio espacio intermedio que articulaba las sociedades europeas se ha fracturado. Después de haber vivido en la indiferencia política durante los años nihilistas en que parecía que todo era posible, ahora muchos ciudadanos sienten que el Estado ni les escucha ni les protege, que los intereses de los que mandan no son los suyos, al tiempo que las jóvenes generaciones perciben un eclipse del futuro. Es una crisis de gobernanza por el agotamiento de la utopía llamada neoliberal, lanzada a finales de los setenta, que ha devuelto a Europa al terreno de las desigualdades abismales y que se ha llevado por delante a la socialdemocracia que se dejó fascinar por la buena nueva que venía del Atlántico.

El caso catalán, con toda su historia a cuestas, que evidentemente lo carga de peculiaridades, es uno más de los episodios que expresan esta crisis. En su estallido comparte causas con Syriza, con el 15-M, con los grillini, con la Francia insumisa, con el crecimiento de la extrema derecha (ahora también en Alemania), con el Brexit, incluso con el fenómeno Macron. A estos y otros movimientos tan dispares se les ha puesto la etiqueta de populismo para descalificarlos, evitando así analizar las causas y afrontar los problemas. Sólo Macron se ha librado porque rápidamente ha cumplido con el rito iniciático que exige el sistema: una reforma laboral para desactivar al mundo del trabajo.

En una dinámica acción-reacción, el Gobierno español se escuda en los instrumentos represivos que le ofrece su posición y el soberanismo ha caído en la trampa de la ruptura unilateral. Abrir el foco puede hacer entender que, más allá de la confrontación o el atasco eterno, no hay más salida que la que se pueda construir sobre el reconocimiento mutuo. Al fin y al cabo, la crisis de gobernanza europea nos concierne a todos, juntos o separados. En cualquier caso, hay que leer lo que se oculta y lo que se expresa en una crisis en la que ambas partes se retroalimentan.

3. Es la apoteosis del pensamiento ilusorio. El aparato ideológico del bloque contrario a la independencia ha desplegado un discurso de clara voluntad preformativa, proclamando la derrota total del independentismo: fin del proceso, ridículo estratosférico, derrota definitiva, fracaso de una sublevación de pacotilla, entierro de los manipuladores victimistas, fin del derecho a decidir y del sueño del Estado propio. Esta prisa por enterrar al muerto cuando todavía respira expresa la obsesión reiterada de no reconocer la dimensión y el enraizamiento del fenómeno, la incapacidad de interpretar el problema más allá de los lugares comunes sobre el nacionalismo y los intereses insolidarios de las burguesías locales y el malestar que provoca la dificultad de domarlo. Es la misma trampa del pensamiento ilusorio que se critica a los soberanistas: obsesionados por proclamar una República imposible, incapaces de asumir que con las fuerzas disponibles habían tocado techo y de reconocer que el hard power está en manos del Estado.

En ambos casos, el pensamiento ilusorio es el motor de un espectáculo en el que el reconocimiento de la realidad está prohibido. Y para el que sólo sirven los clichés de siempre. Al unionismo no le interesa saber que el papel de los movimientos sociales es una de las novedades importantes del proceso. O que «el deseo de identidades más particulares para desarrollar la solidaridad» (Michael Sandel) es muy propio del proceso de globalización. O que el independentismo se ha laicizado y ha ganado transversalidad, siendo absurda su reducción al nacionalismo.

4. «El nacionalismo es veneno», decía el inefable Juncker en una entrevista al diario El País. No me es difícil estar de acuerdo con él: siempre he pensado que son peligrosas las ideologías que se fundan en una realidad trascendental, por encima de la conciencia individual de los humanos, sea Dios, la patria o la ley superior de la naturaleza o de la historia. Es evidente que convertir la nación en un ente que rebasa la voluntad de los ciudadanos que la componen y hacer de ella un criterio de demarcación –los nuestros y los otros– es un juego peligroso que requiere tener despierto el sentido crítico para no verse atrapado en la creencia que antepone las naciones a las personas.

Pero si aceptamos la sentencia que dice que el nacionalismo es un veneno, es decir, que lleva en sí mismo un germen peligroso y tenemos que estar alertas, esto debe valer para todos los nacionalismos. Y esta es la gran trampa del discurso que se dedica a anatematizar al nacionalismo catalán: ve la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. ¿Por qué lo que vale para criticar «el retrogrado discurso soberanista» no vale cuando se habla del nacionalismo español o del nacionalismo francés, por ejemplo? Emmanuel Macron llega al poder y para legitimar su insólita perfomance y convertir la victoria en hegemonía se descuelga con una relectura a su medida de la historia de Francia. Y nadie pone el grito en el cielo. Cuando José María Aznar dio a la derecha española el proyecto político que no tenía y que le permitió recuperar el poder tras una larga travesía en el desierto para purgar sus complicidades con el franquismo, lo hizo con un discurso nacionalista sin rodeos (revestido de doctrinarismo neoliberal) y logró restaurar la hegemonía conservadora en España.

El mismo Juncker, que va repitiendo jaculatorias contra el peligro nacionalista cuando se le pregunta por Cataluña, no ha hecho nada para conseguir que los dos nacionalismos más desbocados que hay en Europa, los que gobiernan Polonia y Hungría, respeten los principios y valores fundacionales de la Unión. ¿Por qué? La respuesta la da el mismo Juncker en la entrevista: «Europa es un club de naciones y no acepto que las regiones vayan contra las naciones». Dicho de otro modo, el nacionalismo catalán es pérfido porque no tiene Estado. Si lo tuviera, nadie lo cuestionaría.

A partir de aquí, todas las trampas del debate están servidas. Se acusa al nacionalismo catalán de haber construido una hegemonía cultural a través de la escuela y los medios de comunicación. ¿Y qué ha hecho el nacionalismo francés desde la Revolución? ¿Y el español, aunque con menos éxito, porque no ha conseguido el objetivo de homogeneizar culturalmente el territorio? Cuando Ciudadanos coloca en el frontispicio de su programa reespañolizar Cataluña nadie se escandaliza; cuando Wert lanzó una política educativa renacionalizadora, tampoco. La cuestión no es el nacionalismo, sino tener Estado o no tenerlo. Y no olvidemos que las grandes atrocidades en Europa las han cometido, obviamente, los nacionalismos con Estado, no los que no lo tienen.

Todos sabemos que el ser humano se caracteriza por construir ficciones y creérselas, según la formulación de Yuval Noah Harari. Que estas ficciones le han servido para cooperar y progresar es cierto, pero también para la confrontación y la guerra. Por ello, si queremos sociedades libres es importante que nada escape a la criba de la crítica. El nacionalismo tampoco. Decía Jordi Pujol: «No somos un país cualquiera». Todo un eslogan del supremacismo nacionalista. Pero ¿es que el nacionalismo español o el francés no creen también que su país no es uno cualquiera?

Combatir al nacionalismo catalán desde la omisión del nacionalismo español es un ejercicio de cinismo. Y una garantía de incomprensión de lo que ocurre en Cataluña, entre otras cosas porque el independentismo abarca bastante más que el nacionalismo. Escandalizarse porque el soberanismo busca la hegemonía ideológica es ridículo. ¿Alguien me sabe explicar un cambio político de envergadura que no haya ido precedido de una transformación cultural e ideológica? ¿Por qué Aznar es el político más importante que ha tenido la derecha española? Porque supo construir una hegemonía nacional conservadora como plataforma para acceder al poder, gobernó desde ella y aún dura, a pesar de la dejadez de su repudiado heredero.

El objetivo con el que Rajoy ha justificado su respuesta al soberanismo catalán –trasladando responsabilidades políticas a la vía judicial y desprecintando el artículo 155 que estaba por estrenar– era recuperar la normalidad: normalizar las instituciones catalanas. Normalización es una expresión delicada, porque fue en su nombre que la Unión Soviética justificó la invasión de Hungría en 1965 y la de Praga en 1968: adaptación a la norma del sistema de poder político, cultural e ideológico vigente. Normal: lo que es y ocurre como siempre. ¿Qué es normal? ¿El reajuste de las instituciones catalanas al modo de Rajoy o la normal anormalidad que es la tensión como estado natural en el encaje de Cataluña en España?

La normalidad que pregona Rajoy hay que situarla en un proyecto de más largo alcance: la restauración conservadora. Sería triste que el resultado final de los diversos procesos de cambio que se abrieron en 2011 no fuera la regeneración del régimen sino la versión hispánica del giro a la derecha que vive Europa. No sería un éxito del país, sería un triunfo del PP, con el apoyo de un PSOE que, bloqueado por sus desventuras internas, ha perdido la oportunidad de ser puente. Ha preferido ser pilar. «El político racional es el que evita el estado de excepción», escribía Odo Marquard. Y aquí se han abierto las vías de excepción, en sintonía con la construcción del autoritarismo posdemocrático que se propaga por Europa.

Algunos mandamientos de la política se han olvidado peligrosamente: No confundas tus deseos con la realidad. No niegues los hechos incómodos porque tarde o temprano te darás de bruces con ellos. No trastoques la serenidad en desdén, no querer ver un problema es una manera de agravarlo. No creas en la inacción en política: sólo es efectiva en regímenes autoritarios. No te engañes: los problemas no se resuelven solos, y, a veces, ni siquiera acompañados. No pierdas nunca la iniciativa, con que te la quiten una vez pueden arruinarte para siempre. Sé capaz de evaluar las relaciones de fuerzas, nada es más determinante en política. No pretendas dar un paso que no esté al alcance de tus capacidades porque te estrellarás. No olvides que los peores conflictos son los indivisibles, busca siempre vías de escape de la polarización. Recuerda que el verdadero político es el que tiene sentido de la oportunidad: sabe cuándo se le abre una vía ganadora y sabe cuándo tiene que frenar. No menosprecies la batalla ideológica, sobre ella se construyen las hegemonías políticas. Sólo el conocimiento de la otra parte puede llevar al reconocimiento mutuo que es la vía para resolver los conflictos en democracia. Y no des nunca un conflicto de calado histórico como resuelto: siempre rebrota.