#22 / Marzo-Abril 2017

Janneke Adema

Leer en la era digital

Lectura posthumana

Génesis, 1999, Eduardo Kac, cortesía del museo IVAM

En los primeros años 2000, el poeta vanguardista canadiense Christian Bök se embarcó en un ambicioso proyecto llamado Xenotext Experiment. Interesado en crear lo que ha dado en llamar «poesía viva», Bök propuso incrustar un poema en el ADN de una forma de vida no humana: una bacteria. Como respuesta, esta bacteria escribiría más poemas a medida que mutase y evolucionase. Bök escogió implantar la primera línea de su soneto pastoral, traducido al alfabeto genético del ADN, en el genoma de un Deinococcus radiodurans. Esta bacteria es prácticamente indestructible, un extremófilo, es decir, un organismo capaz de sobrevivir en las condiciones de vida más extremas. Similar a una línea de código, el poema de Bök, que consiste en una serie de instrucciones, puede «funcionar», ser «expresado» por el organismo. Las instrucciones en el poema incrustado hacen que el organismo produzca una proteína, que en sí es ya otro texto distinto. Una vez descifrado, el aminoácido de la proteína se convierte en el siguiente verso del poema (Any style of life/ is prim…), una respuesta a la inserción original de Bök (The faery is rosy/ of glow…). Con este experimento, Bök podrá, en teoría, convertir a una forma de vida en uno de los formatos de archivo más duraderos y persistentes en los que almacenar textos y datos. Y al mismo tiempo convertir la bacteria también, según sus propias palabras, en una «máquina operativa» para escribir un poema.   

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