#24 / Julio-Agosto 2017

Editorial

Los humanos: ficción y precariedad

Josep Ramoneda

Durante dos intensas tardes, ocho académicos de disciplinas y generaciones diversas, convocados por la Escola Europea d’Humanitats, trataron de responder a la pregunta: ¿Qué nos hace humanos? Fue Tomàs Marquès quien me dio la idea. Como dice el biólogo, ninguno de los primates, nuestros parientes más próximos, «ha colonizado la Tierra en poco más de cien mil años. Ninguno de ellos ha llegado a los siete mil millones de individuos. Ninguno de ellos ha escrito una sinfonía “Pastoral”». El éxito evolutivo de los humanos es seguramente «una mezcla de características innovadoras», «capacidad intelectual, curiosidad, flexibilidad, adaptación [y] socialización» que requiere una aproximación desde puntos de vista distintos.

Es cierto que los avances en la biología evolutiva han vuelto a poner en escena la pregunta sobre la condición humana. Y han ayudado a desterrar los tópicos de la tradición judeocristiana que tanto han marcado nuestra cultura: el hombre como rey de la creación y el trabajo como castigo para redimir el pecado original y hacernos con el dominio sobre la Tierra. Pero sólo desde la complejidad que parte de la superación del dualismo naturaleza-cultura podemos hacernos cargo de quienes somos. Yuval Noah Harari, autor de Sapiens, un libro que ha convertido esta cuestión en moda cultural, sostiene que lo que distingue a los humanos es que somos los únicos seres vivos capaces de crear ficciones y creérnoslas. Éstas, nuestras propias invenciones, utilizadas para organizarnos, someternos, movilizarnos, nos habrían dotado de una capacidad excepcional para adaptarnos y evolucionar a un ritmo superior.

Y, sin embargo, podríamos pensar que la fuerza de los humanos es la conciencia de su propia precariedad, «que les permite hacer conjeturas sobre lo grande y sobre lo diminuto», como escribe Víctor Gómez Pin, aunque quizá sólo sirven para descubrir «que ese conjunto tan laboriosamente forjado sólo designa la imagen de su rostro». Porque la cuestión de la singularidad de los humanos se cruza con la inteligibilidad de su propia aventura. Y lo que de ella aprendemos es que quizá la historia humana no tiene sentido, pero el sentido es necesario para la vida. Un ser contingente que busca permanentemente la manera de trascenderse a sí mismo. Y aquí aparece el debate de la ética –del ser y del deber ser– y la cuestión de la vulnerabilidad, que le permite a Inés Campillo explicar cómo el hombre, resistiéndose a asumir la precariedad de la condición, trató de ocultarla y con ella a las mujeres, responsables de atender a los vulnerables. Al Dossier le sigue una Galería, «Tras los pasos de Darwin», en la que se puede ver cómo la huella del hombre ha cambiado los escenarios del viaje del Beagle y no siempre para bien.

De las encrucijadas de este principio de siglo trata José Ovejero, que nos advierte de cómo la actual globalización, a diferencia de la de finales del siglo xix, ha generado distopías colectivas y las pocas utopías han sido de redención individual, al modo de las fantasías transhumanistas. Si Andrew Keen nos advierte que «la tecnología nunca es una solución», sino que nos exige siempre, Gregorio Martín afronta la cuestión central del trabajo en la era de la digitalización, que la política elude sistemáticamente por miedo a tener que revisar mitos estructurales de la sociedad: el trabajo como centro de todo. Los humanos seguimos avanzando sobre nuestras propias ficciones, luchando contra las que se resisten a morir y construyendo otras nuevas.