#32 / Noviembre - Diciembre

Editorial

De los límites de nuestro tiempo

Josep Ramoneda

Como escribe Antxon Olabe, «El tiempo de la desmesura, la hibris de los griegos, ha finalizado. El bípedo altamente evolucionado y diferenciado, Homo sapiens, ha de comprender y aceptar que no puede degradar la Tierra como si fuese un planeta infinito. Le va en ello su propia supervivencia». Siendo así, es evidente que la tarea no es fácil y los sistemas de intereses –que cada vez piensan más en términos inmediatos– y las pulsiones conservadoras de los humanos –el arraigo en lo próximo y conocido– no la favorecen.

Apagado el mito del progreso como proyección hacia un futuro mejor no sólo en términos económicos sino sociales, éticos y culturales, los furores individualistas de las últimas décadas –el homo economicus, mutilado de sus mejores atributos– nos han encadenado a un presente continuo que, a pesar de la aceleración del tiempo, nos hace ver muy lejanas aquellas amenazas que sólo vemos como imprecisas sombras en el horizonte. Y aunque se anuncien catástrofes para antes de medio siglo, cuesta asumir que hay que sacrificar parte de nuestros hábitos y modos de vida si queremos dejar un mundo en condiciones razonables a nuestros nietos. El hombre, a pesar de las apariencias y de su ya larga historia, es de pensar corto.

Hace falta información y pedagogía. Y a ellas pretendemos contribuir con el dossier sobre «Límites ecológicos y dogmas económicos». El título anuncia el eje de la cuestión: las previsiones científicas luchan contra los poderes hegemónicos en la economía del planeta y sus bien tupidas redes de persuasión social. Es cierto que vivimos en un tiempo en que proliferan los think tanks, cuya función debería ser alimentar los grandes debates sociales con instrumentos de conocimiento que permitan acertar a la hora de elegir las estrategias de futuro y las políticas de alcance global. Pero desgraciadamente los think tanks son, a menudo, más tanks que thinks, más instrumentos de combate para poseer las mentes de los ciudadanos, con la difusión de argumentos para justificar decisiones económicas o políticas tomadas en función de intereses concretos, que focos de investigación y pensamiento al servicio libre de la razón crítica. Contribuir a la claridad de este debate forma parte de las razones fundacionales de esta revista. El siglo XXI se jugará seguramente en dos terrenos: la revolución feminista (el único proyecto realmente subversivo, en el sentido de afectar al núcleo de las relaciones de poder, que hay hoy en escena) y la cultura ecológica (como factor de movilización colectiva por la supervivencia de la especie).

Del proceso de transición ecológica que describe Mikel González-Eguino depende en buena parte la cohesión y continuación de la especie. El debate requiere saber distinguir las fabulaciones de las realidades y, sobre todo, reforzar la conciencia de límites que ha marcado las mejores experiencias de la humanidad. Los momentos nihilistas, aquellos en que se impone la idea de que todo es posible, conducen inexorablemente a la catástrofe, como hemos visto con la crisis de 2008. Alguna vez he dicho que si tuviera que escribir una Minima Moralia la reduciría a dos principios: «No todo es posible» y «Todo podría haber sido de otra manera». Es una pequeña receta de humildad antropológica. Y en este terreno de reflexión está el ensayo de Eduardo Mendieta sobre las edades de la naturaleza: un recorrido por las cuatro «degradaciones» del estatus de los humanos a lo largo de la historia, para mejor entender qué tipo de conocimiento es posible en este nuevo tiempo que llamamos Antropoceno. Sin duda, con lugar destacado para el renacimiento de las humanidades aunque algunos se empeñen en borrarlas. Desde el texto inicial de Raffaele Pinto sobre la literatura y la identidad europea hasta la evocación de Raimon Panikkar, las humanidades están en desfile incesante en este, como en todos los números de la revista.