#25 / Septiembre-Octubre 2017

Editorial

Miradas sobre la Revolución Rusa

Josep Ramoneda

Eric Hobsbawm acotó el siglo XX –la edad de los extremos– al periodo 1914-1991. Esta cronología –el siglo corto– da la medida de la influencia de la Revolución Rusa de 1917 en una época que se cerraría con la disolución de la URSS. La derrota comunista en la guerra fría anticipó el siglo XXI con la efímera utopía del fin de la historia y del triunfo universal de la democracia liberal. Ahora, con el mito de la Revolución de Octubre desteñido y con el estalinismo alineado con el nazismo como las dos cristalizaciones del totalitarismo contemporáneo, no es fácil establecer qué es lo que ha quedado para la historia de aquel año 1917 en que Rusia liquidó el zarismo y empezó una aventura que tenía que llevar a un futuro mejor y acabó en un Estado opresor, donde el caos llevó al terror.

La revolución francesa de 1789 sigue siendo el símbolo de la consagración de los valores referenciales de las sociedades liberales modernas. Este año es el centenario de la Revolución Rusa y no sólo no hay una opinión generalizada sobre su papel y su significado, sino que incluso es legítimo preguntarse para qué sirvió y qué nos importa de ella desde la perspectiva del mundo actual. El eclipse de la Revolución Rusa es fruto evidentemente de su catastrófica deriva hacia un sistema de destrucción masiva de derechos y libertades, pero corresponde también a la evolución de las hegemonías ideológicas y sociales. Si la Revolución Rusa había representado la posibilidad de construir una alternativa al modelo capitalista, hoy el mito ideológico predominante es que no hay alternativa a un capitalismo globalizado, cerrando así las opciones de cambio.

Miradas sobre la Revolución Rusa desde hoy es lo que ofrece el dosier dirigido por el historiador José María Faraldo. Apagados los iconos poderosos de la Revolución de Octubre, de la que Eisenstein, con su asalto al Palacio de Invierno, fue propagandista privilegiado, desaparecidos los regímenes de tipo soviético, la lectura histórica ha ido alargando la secuencia: la Revolución Rusa es una suma de acontecimientos que empieza con la guerra mundial, sigue con la Revolución de Febrero y el golpe bolchevique de 1917, con los años de guerras civiles y nacionales, con las potencias extranjeras de por medio, con el estalinismo y con la reconstrucción del Imperio ruso. El relato de esta historia lo resiguen Alexei Miller y Julián Vadillo. Karl Schlögel en un emocionante ejercicio de arqueología del comunismo, entra en la microhistoria de la civilización que se gestó a partir de las señales que perviven en la sociedad rusa actual, y Mark Edele describe las lecturas actuales de la revolución, cuando la Rusia de Putin intenta recuperar la vocación imperial buscando líneas de continuidad y legitimidad en el zarismo y en el comunismo, con la victoria en la Segunda Guerra Mundial como momento sagrado de la nación rusa moderna. Joaquín Estefanía cierra la revista con el relato de una visita reciente a los santos lugares del país de los sóviets, Moscú y San Petersburgo. Queda una pregunta: los valores del socialismo que la propia evolución de la revolución negó ¿revivirán en algún futuro próximo? La Revolución Rusa perdió toda su aura, carbonizada por su desarrollo posterior. Y muchos pretenden archivar el discurso emancipatorio de izquierdas en la carpeta de la melancolía. Pero, como decía Hans Magnus Enzensberger, la idea de que vivimos en sociedades en las que no hay alternativa es «una injuria a la razón. No es un argumento, es una capitulación».

La mentira y la propagación de la ignorancia, que ahora se llaman posverdad, continúan jugando un rol esencial en nuestras sociedades. Y Eduardo Mendieta, David Block y Emmanuel Alloa reflexionan sobre ella en tiempos en que la degradación autoritaria es evidente en nuestros regímenes políticos. Y en que, como describe Céline Spector, predomina la ocultación de las figuras del injusto, del insensato o del mal político.