#22 / Marzo-Abril 2017

Relato

Nostalhavel

Una exposición y una biografía recuerdan al dramaturgo y político Vaclav Havel

Ignacio Vidal-Folch

«Tomki Němec retrató sus años de presidente y suyas son algunas de las imágenes icónicas que retratan a Havel como el personaje encantador que todos conocimos, el político un poco soñador que respeta las pompas y rituales del poder, pero se las toma con risueño escepticismo juguetón. Así, le vemos […] con blazer y corbata pero tan meditabundo y abstraído en hondos pensamientos a la orilla del mar que no se da cuenta de que se ha metido en el agua hasta los tobillos, empapándose los zapatos y los pantalones.»
Cabo da Roca, 14 de diciembre de 1990. Vaclav Havel en la costa atlántica portuguesa, cerca del promontorio más occidental del continente europeo © Tomki Němec


Quizá la obra maestra del dramaturgo Vaclav Havel sea Largo desolato, que como explica Monika Zgustova en el prólogo a su traducción de ésta y otras piezas teatrales, escribió como una especie de autoterapia para tratar de salir del estado de postración anímica al que lo había llevado la prisión. Como en Audiencia y en otras piezas precedentes, aquí Havel imagina un personaje protagonista inspirado en sí mismo, un personaje que le explica o le ayuda a explicarse, en este caso con la máscara del disidente Leopold, recién salido de la cárcel y asediado por la solicitud de diferentes amigos y parientes que le interpelan y que aunque quieren ayudarle le hacen sentir la responsabilidad que tiene para con ellos y para la sociedad, cuando Leopold precisamente desea apartarse, y a los que deprimido y exasperado, despacha con la última frase de la angustiosa pieza: «¡Dejadme en paz! ¡Dejadme todos en paz!». Frase que por cierto nos recuerda el comentario de Canetti en su autobiografía, en el momento en que hallándose en Praga, adonde ha ido para la presentación de su novela Auto de fe, sale un momento al balcón de su habitación de hotel para echar una mirada a la bonita ciudad y se da cuenta de que en el balcón de la habitación contigua está el pintor Oskar Kokotschka haciendo eso mismo, mirando la ciudad. Como le conoce de Viena, donde viven los dos, Canetti a punto está de saludarle, pero juiciosamente se lo piensa mejor y decide volver a meterse en su cuarto en silencio, pues le parece que lo que el torturado pintor expresionista había ido a buscar a Praga era precisamente «que le dejasen en paz».

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