#31 / Septiembre - Octubre

Norman Manea

Philip Roth, mi hermano americano

Norman Manea y Philip Roth, Nueva York, 1992. Fuente: http://www.normanmanea.com

Le vimos, Cella [mujer de Norman Manea] y yo, por última vez, el viernes 18 de mayo en el hospital presbiteriano de Nueva York, en el pabellón de cardiología. Estaba ya extremadamente débil y pálido, con una voz casi imperceptible. Intercambiamos unas frases, nos miramos durante un buen rato y nos dimos la mano, con una sonrisa en los labios. De vuelta a casa, le escribí un mensaje en el que recordaba nuestra larga amistad y le repetía mi convicción: a pesar de estar enfermo, a pesar de estar inválido, podía recobrar las fuerzas, como en muchas otras situaciones de las que yo había sido testigo; una vez más volvería a resistir a los embates del destino. Pero, por desgracia, me equivoqué. La muerte sigue siendo el enemigo invencible del hombre, como señalaba Canetti. Philip se apagó la tarde del martes 22 de mayo, a la edad de ochenta y cinco años. Desde hacía tiempo, tenía el cuerpo maltrecho por varias intervenciones quirúrgicas que había sabido controlar con una tenacidad y una disciplina extraordinarias.

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