José Ovejero

Y tú, ¿qué prefieres ser, persona o cerdo?

© Flavita Banana, www.flavitabanana.com

Empezaré diciendo que no creo que exista la libertad humana, mito que empezó a derribarse hace mucho, pero que resiste aún con vigor a los embates de la razón. Aunque aceptamos que el mundo animal se mueve en virtud de impulsos contenidos en esa caja negra que llamamos instinto, aunque no creemos que una avispa, un cerdo o un perro son seres libres, insistimos en que el ser humano sí lo es y nos causa un gran malestar pensar lo contrario. Aunque cabezas mucho mejor dotadas que las de la mayoría de nosotros afirmaron que el ser humano no es libre –Spinoza, Schopenhauer, Einstein, por poner sólo tres ejemplos–, y aunque los avances en la neurociencia parecen confirmar esa idea de que nuestras decisiones están ya tomadas por nuestro sistema neurológico antes de que seamos conscientes de ellas –y por eso cuando las tomamos creemos ser sus dueños y señores– la mayoría de la gente sigue acogiéndose a ese refugio que es la libertad humana. Hay muchas razones para ello: empezando por las razones religiosas; sin libertad no hay pecado, sin libertad el cielo y el infierno pierden sentido, la confesión quedaría reducida a una conversación terapéutica, el Mal y el Bien, con mayúsculas, se convierten en abstracciones sin correlato real.

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