#26 / Noviembre-Diciembre 2017

Editorial

Repensar el progreso

Josep Ramoneda

La idea de progreso ha marcado la modernidad. Una visión teleológica de la historia de raíz judeo-cristiana combinada con el progreso científico y los avances tecnológicos que nos han dotado de poderosas y eficaces prótesis para mejorar nuestro entorno crearon el mito del progreso. La aventura humana sería un proceso civilizatorio capaz de avanzar hacia una sociedad cada vez mejor, en que los obstáculos y los retrocesos eran vistos como astucias de la razón necesarias para sostener el proceso de redención, que ya no era en el cielo sino en la Tierra.

Pero este mito fue decayendo a medida que las grandes utopías generadas a finales del siglo XIX se saldaban con grandes frustraciones en el siglo XX, hasta el punto que a mediados de este siglo empezaron a imponerse las anticipaciones distópicas. Las prótesis tecnológicas no sólo eran instrumento de emancipación, podían serlo también de opresión. De algún modo, la bomba de Hiroshima podría ser el icono que hizo tambalear definitivamente el progreso. Aunque fuera verdad, como nos dijo Sartre, que los humanos eran más libres que nunca porque tenían ya incluso el poder de destruirse como especie, en la estela de los totalitarismos la bomba aparecía como un signo definitivo del apocalipsis. A mediados de los setenta el eclipse del progreso estaba ya en escena, y con él se abrió paso la llamada posmodernidad como rechazo de los relatos globalizadores, del pensamiento del todo, de la visión teleológica y de las ilusiones de redención colectiva.

Vivimos ahora en una especie de presente continuo en que el horizonte de futuro está ensombrecido por las amenazas sobre el destino del planeta, fruto de los despilfarros de los modelos económicos y sociales en curso (es decir, de la acción humana) y del descrédito de la vieja idea de emancipación colectiva. Creo que el destino de la utopía digital refleja el desconcierto: espacio destinado a dar la palabra a todos, es también un sistema de control y determinación sin precedentes, una máquina de propagación de mensajes imposibles de autentificar y un espacio de confusión informativa que refuerza los ámbitos de proximidad. En este panorama tiene sentido recuperar la idea de progreso. ¿Es una idea anacrónica de imposible resurrección o permite ser reformulada a partir de lo que hoy entendemos por vida buena? ¿Hay progreso sin definir un ideal como fue en su día el Ilustrado? De éstas y otras cosas se habla en ¿Qué es el progreso hoy?, un dossier fruto de un encuentro en la Escuela Europea de Humanidades. Repensar el progreso es a mi entender una reflexión necesaria en unas sociedades en que el poder del consumo dispone de la capacidad normativa. Y en que a falta de relatos capaces de generar expectativas de futuro y de un pensamiento crítico capaz de alimentarlos, el espacio comunicacional queda a disposición de los que pretenden dictar nuestro comportamiento desde las redes, de los gurús de la salvación personal y de los profesionales de las verdades alternativas, que destruyen cualquier posibilidad de un diálogo construido sobre el reconocimiento y el respeto mutuo. Pensar el progreso es contribuir a restituir al ciudadano su condición. Y, por tanto, a salvar la democracia del autoritarismo postdemocrático.

A su vez, cuando se cumplen los 500 años de las 95 Tesis de Lutero que marcan la gran ruptura del cristianismo, Doris Moreno y Xavier Torres nos explican cómo el gran cisma ha marcado la historia y la cultura de Europa, dibujando un mapa Norte-Sur de las mentalidades de los pueblos continentales. Una fractura que no es ajena a la propia construcción de la idea de progreso.