#18 / Julio-Agosto 2016

Editorial

Seguimos siendo humanos

Josep Ramoneda

La crisis de la formación de gobierno que ha obligado a repetir las elecciones no es nada raro en el contexto europeo. En otros países ha habido vacíos de este tipo. Por eso cuando se está en el proceso de configuración de un nuevo gobierno parece interesante preguntarse por qué se ha convertido en algo tan difícil. Marina Subirats, en «Gobernar una sociedad escindida», explora una cuestión que tiene causas nada exclusivas del país. Hay una polarización social fruto de las fracturas provocadas por la crisis y las políticas de austeridad –hay que hablar sin remilgos de violencia estructural del sistema–; hay una desconfianza con una política atrapada entre la corrupción y la impotencia; y hay una percepción creciente de que las instituciones europeas, en vez de dinamizar Europa y consolidar los valores de la sociedad abierta, actúan como un corsé que restringe la autonomía de los gobiernos hasta límites asfixiantes, legitimándose en un nada inocente discurso de los expertos. En este contexto, la ciudadanía se resiste a quedarse sin voz y nuevas fuerzas políticas entran en juego en Europa, con modos y características diferentes según los países.

Y siendo las causas parecidas, en este sentido España sí que está viviendo una experiencia en cierto modo singular. En pleno desprestigio de los partidos tradicionales, grupos surgidos en la periferia (o incluso en los márgenes) del sistema se han incorporado a la vida política institucional. Procedentes de movimientos sociales que parecían destinados a agotarse en sí mismos, han demostrado que la indignación puede hacer política, poniendo a prueba los estrechos límites de lo posible. Y a su vez han desmitificado el discurso de la despolitización de la ciudadanía, que parece rebelarse contra la cultura de la indiferencia. Dos fenómenos han adquirido especial relevancia en los últimos años: Podemos y otros grupos políticos que tienen su génesis en las movilizaciones de los indignados, y el independentismo catalán, en que organizaciones civiles y viejos partidos nacionalistas han desafiado la propia articulación del Estado. La construcción cultural de Podemos y la reacción de ciertas élites del mundo cultural y la formación de una intelectualidad de apoyo al proceso soberanista catalán son analizados por Jordi Gracia y Jordi Amat. Estas reflexiones sobre el proceso político español se completan con dos conversaciones: una sobre Euskadi, el nuevo País Vasco después del silencio de las armas, entre Kepa Aulestia y Eduardo Maura. Y otra entre Lluís Bassets y Josep Piqué sobre el contexto globalizador que enmarca estos momentos de desconcierto en que Europa vive mal la pérdida de centralidad y de capacidad para defenderla.

Para estar preparados cuando los nuevos generen nuevas frustraciones, en un mundo en que la política encuentra dificultades para ofrecer expectativas, insistimos en la reflexión sobre los cambios que determinarán el futuro próximo. William Egginton y David Castillo hablan sobre poder, sexo y dinero (temas eternos que abonan la sospecha de que el progreso moral no existe) a partir de la figura de Donald Trump. Elettra Stimilli trata del poder de la deuda y la culpa como elemento de dominación y control social. Y Gabriella Coleman nos introduce a través de su inmersión en Anonymous en el mundo de la cultura hacker. Un mundo, el de internet, del que es posible vivir desconectado, como nos cuenta uno de los personajes de Enric Puig Punyet.

En fin, como dice Toni Sala, hablando del 11-S visto por DeLillo, «los humanos seguimos, a pesar de todo, haciendo arte, pinturas, novelas, seguimos siendo humanos». Y por eso hay que recurrir siempre a quienes llegan más lejos a la hora de dejar constancia de quién somos y dónde estamos. Francesc Serés nos revela el mundo de Svetlana Aleksiévich. Y Tomás Delclós visita el cine para reconocer a los periodistas. La vida sigue.