#13 / Septiembre-Octubre 2015

Michael Marder

América

Ser doble

cualquiera que viaje a Estados Unidos le sorprende de inmediato que allí todo esté empaquetado por duplicado, de una manera casi obsesiva. Desde vasos de té o café desechables hasta bolsas de comida, uno sale de cafeterías y supermercados con un exceso entre manos no del todo simbólico. Por supuesto, pueden citarse razones pragmáticas que explican esta práctica: duplicar el cartón de los vasos evita que una bebida caliente te provoque una quemadura, poner una bolsa dentro de otra evita que se rasguen, etc. Pero incluso esas explicaciones traicionan aspectos que van más allá de la mera «conveniencia». En una cultura de la obsolescencia, es decir, de bienes producidos y sobre todo consumidos como si fueran desperdicios o basura, las cosas ya no funcionan como deberían. Para cumplir de manera adecuada su función, éstas dependen de un refuerzo proporcionado por otras cosas, a menudo del mismo tipo. Un solo vaso de cartón no logra retener el líquido que contiene y una sola bolsa de plástico se desintegra, y por eso se les añade otro producto, de la misma mala calidad, para respaldarlos.

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