#22 / Marzo-Abril 2017

Albert Chillón

Totalismo. El nuevo poder sin periferia

Fotograma de The Truman Show, Peter Weir, Estados Unidos, 1998. «La comunicación mediática actual cumple funciones muy variadas. Conforma un entorno tan imperceptible a fuer de ubicuo como el simbolizado por el mito de la caverna, y por ello resulta tentador concebirla mediante alegorías como las que proponen Matrix o El show de Truman, herederas contemporáneas de Platón, del velo de Maya del hinduismo o de La vida es sueño de Calderón.»

Visionariamente adelantado a su tiempo, Aldous Huxley publicó en 1932 Un mundo feliz, perturbadora profecía de un futuro próximo en el que el mundo sería sojuzgado por un megaestado hipertécnico que, entre otros recursos, se valdría de la ingeniería genética y de una droga universal, el soma, capaz de mutar en distraída estulticia toda percepción crítica de la necesidad, la escasez o el dolor. El preclaro escritor concibió su fábula mientras la utopía socialista se degradaba en distopía colectivista en la recién nacida Unión Soviética, y el huevo de la serpiente nazi-fascista se incubaba en Alemania, Italia y España. Pocos años después de que Eugene Zamiatin escribiera Nosotros (1924) y Thea Von Harbou Metrópolis (1925), y doce antes de que George Orwell publicara 1984 (1948), todas ellas sombrías alegorías de los totalitarismos clásicos, el heterodoxo Huxley intuyó el advenimiento de una sofisticada postmodernidad cada vez más homogeneizadora, alienante y global, en la que refinadas formas de control conformarían un vasto, omniabarcante sistema de poder mucho menos totalitario –en el a la sazón boyante y hoy ya añejo sentido del término– que totalista, de acuerdo con un necesario neologismo que he propuesto acuñar.

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