#15 / Enero-Febrero 2016

Editorial

Y la historia continúa

Josep Ramoneda

Los atentados de París han venido a recordarnos que el mundo del siglo XX queda muy lejos y que los problemas de gobernanza global requieren soluciones que no estaban en la agenda de las últimas décadas. El Estado-nación, marco natural de las democracias modernas, ha perdido poder y eficacia, al tiempo que los viejos imperios ya no son eficientes a la hora de garantizar un cierto orden mundial.Francia, el Estado-nación por excelencia, se siente a la vez impotente y desamparado a la hora de afrontar el terrorismo global y la Unión Europea, que debería simbolizar la nueva escala de poder, no encuentra las formas organizativas adecuadas. Así, un problema que tiene su epicentro en Oriente Medio, en forma de guerra civil entre herejías  musulmanas, salpica a los infieles de Europa, donde un puñado de jóvenes radicales insatisfechos con su medio familiar y con su entorno social encuentra en las promesas del Califato una forma para salir de la frustración y conseguir el reconocimiento heroico.

Si en los años 60 los sectores más radicales encontraron una vía de realización en el terrorismo de extrema izquierda, ahora el que les ofrece acción inmediata es el terrorismo islámico. Sólo que aquéllos buscaban la salvación en la Tierra y a éstos se la ofrecen en el cielo. Y la figura del terrorista suicida rompe el equilibrio entre humanos, fundado en la voluntad de supervivencia como mínimo patrimonio común entre las personas. Francia declara la guerra y se pone en evidencia que las actuales potencias y semipotencias con incidencia en Oriente Medio no sólo discrepan en el cómo y en el cuándo, sino incluso en el qué. La liquidación del Estado islámico no es una prioridad ni para Arabia Saudí, ni para Turquía, ni para Rusia, que lo ven como un peón útil en su juego. Dicen que un joven sirio tiene dos opciones: incorporarse a la caravana de los refugiados o alistarse en el ejército sirio, en las milicias kurdas o en las hordas del Califato. Srec´ko Horvat evoca la suerte de los que huyen.

Estábamos cerrando este número de la revista cuando llegaron las noticias de los atentados de París. Y precisamente contábamos con un dossier sobre las revueltas de las banlieues parisinas de hace diez años que desmonta muchos tópicos sobre la relación entre periferias con alta población musulmana y terrorismo. 

También afronta este número las nuevas formas de gobernanza en un mundo en que la política se empequeñece ante el poder del capital inversor, la cuenta de resultados y el dinero subterráneo. Sami Naïr nos habla de la estrategia americana de los grandes tratados comerciales y Xosé Carlos Arias y Antón Costas de las desventuras del poder alemán.

Pero el nuevo mundo se configura también en los espacios mentales de la cultura audiovisual. Y allí las series amenazan la hegemonía de uno de los referentes culturales del siglo pasado. Se dijo que el siglo XX fue el siglo del cine; el XXI podría ser el de las series de la televisión. Donde los conflictos del momento se trasladan con especial crudeza. Un dossier sobre ficción televisiva reflexiona sobre este fenómeno global.

Y como siempre el trasfondo de las fracturas del presente nos lleva a la educación y la cultura. Francesc Serés reflexiona sobre el valor revolucionario de las humanidades para pensarnos a nosotros mismos y Bruce Bégout habla de la obsolescencia del presente a través de la tercera era de las ruinas. Y añoraremos a Fatema Mernissi que nos ha dejado y que tanto nos ayudaba a romper los límites de nuestra cultura al darnos las claves para entender realidades del mundo musulmán que para nosotros formaban parte de lo impensable.