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La Maleta de Portbou

Biodiversidad y bienestar humano

#32 / NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2018

Miguel Delibes de Castro

© Júlia Castells

 

Un átomo de carbono en la atmósfera, en forma de CO2, es captado por la hoja de un árbol a través de la fotosíntesis. Rápidamente se une al hidrógeno, proceso que libera oxígeno, para formar un azúcar simple que tal vez sea quemado poco después, en la respiración del propio árbol. Si ocurre así, el átomo inicial volverá al aire de donde fue tomado, otra vez en forma de CO2. Pero puede tener muchos destinos diferentes. Imaginemos, por ejemplo, que se incorpora a los tejidos del árbol, que allí lo consume una oruga, que puede quemarlo respirando o tal vez transferirlo a un petirrojo, y este, a su vez, a un gavilán, que cuando muera será descompuesto por hongos y bacterias del suelo. Tal vez entonces, nuestro átomo de carbono retornará a la atmósfera, pero también podría incorporarse al agua subterránea en forma de bicarbonato y acabar llegando al océano, donde entraría en otras cadenas tróficas o permanecería disuelto durante cientos de años. O podría incorporarse a rocas carbonatadas, donde guardarse por milenios. El destino de un átomo individual es impredecible, pero es evidente que en conjunto los seres vivos están modulando las cantidades de oxígeno y dióxido de carbono de la atmósfera, con todo lo que ello conlleva. Si las plantas y algas no fotosintetizaran nos faltaría oxígeno que respirar; alternativamente, si nosotros y otros organismos no respiráramos los fotosintetizadores se quedarían sin CO2 que utilizar. Todos moriríamos. Como hace años escribió James Lovelock (1988), adelantado visionario en el estudio del Sistema Tierra, «nosotros, los animales, contaminamos el aire con dióxido de carbono, y la vegetación lo contamina con oxígeno. La contaminación de uno es el alimento del otro».


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