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La Maleta de Portbou

Juan Goytisolo responde a Alberto Blecua

El profesor Alberto Blecua tiene toda la libertad de opinar que no soy «nadie», «un señor que no sabe nada» y que ha hecho «un daño terrible a la literatura española». Pero antes de afirmar que no he leído La lozana andaluza debería haberse tomado la molestia de leer el ensayo que le consagré, incluido en mi libro Disidencias, y antes de pretender que considero a Menéndez Pelayo un «carca nauseabundo», consultar el artículo que le dediqué en el centenario de su muerte («Prisionero de la obra escrita», El País 2/09/2012), del que extraigo los siguientes párrafos: «Aunque ello sorprenda a algunos lectores, no me he recatado nunca de manifestar mi admiración por la obra de Menéndez Pelayo. Ningún escritor español de su época ni de las décadas siguientes a la publicación de la Historia de los heterodoxos españoles y Historia de las ideas estéticas en España tuvo un conocimiento de la literatura y del pensamiento hispanos equiparables al suyo. A esa insaciable pasión cognitiva tras dos siglos de ignorancia del propio pasado y de un cruel desmayo de nuestras facultades creativas habría que añadir su dominio extraordinario de un idioma cuya riqueza léxica y variedad de matices no admite comparación con el de sus contemporáneos ni con los ensayistas de las dos primeras décadas del pasado siglo, con excepción de Alfonso Reyes y Miguel Azaña.

Por dicha razón, he leído con vivo interés el ensayo de Christopher Domínguez Michael, “¿Maldito sea el martillo de herejes?”, publicado en el número de julio de la revista mexicana Letras Libres, con motivo del centenario de la muerte del polígrafo santanderino. Dicho ensayo pertenece al género de las obras que esperan ser escritas desde hace largo tiempo y, en razón de ello, nos ofrece una excelente ocasión de rehacer la imagen icónica de un autor, abominado por unos, incensado devotamente por otros y desconocido hoy por los más.

Christopher Domínguez Michael centra su trabajo en dos puntos esenciales en la percepción actual de Menéndez Pelayo: el de su evolución hacia posiciones más abiertas y liberales en el ámbito literario (tenía, por ejemplo, muy alta estima por la obra de Galdós y Clarín) y el de lo que denomina la “triple maldición” de que es objeto desde su fallecimiento: el aislamiento intelectual de España que impidió una proyección europea de su ambiciosa empresa intelectual de crítico e historiador (Gracián fue el último autor anterior al siglo XX que influyó fuera de nuestras fronteras, ya en los enciclopedistas, ya en Guy Débord); la apropiación de su obra por el nacionalcatolicismo y la Cruzada de Franco: y su malhadado desencuentro con la generación del 98 y el movimiento poético modernista. Sumados los tres infortunios, se convirtieron en una sepultura similar a la que custodia sus huesos en la catedral de Santander después de su traslado solemne en 1956, en una ceremonia presidida por el caudillo. Fuera de excepciones, como la de Dámaso Alonso, Menéndez Pelayo dejó de leerse con el libre entendimiento que exige, y permaneció injustamente arrumbado en el desván de las antiguallas».

Una cosa son las opiniones y muy otra las afirmaciones bien asentadas.


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