#54 / Septiembre-Octubre 2022

Adrià Alcoverro

El «retorno» del estado-nación y la extrema derecha

© Arnal Ballester, www.arnalballester.com

El pasado 14 de marzo el semanario Time titulaba «El retorno de la historia», superpuesto a una foto de un tanque ruso avanzando en Ucrania. La portada intenta subrayar el fin de una era, interpelando directamente al Fin de la Historia, ensayo que Francis Fukuyama (1992) publicó en las postrimerías de la Guerra Fría. La portada de Time representa el regreso de la realpolitik, en una calle europea para cerrar treinta años, donde aparentemente Europa y el mundo avanzaban cabalgando sobre los lomos de la globalización, hacia la interdependencia económica, el fin de las ideologías, dado el triunfo incuestionable de la democracia liberal y la economía de mercado. El subtítulo «Cómo Putin hizo añicos el sueño europeo», refleja perfectamente este cambio de rasante. Nadie puede negar que la guerra iniciada por Putin puede tener consecuencias a largo plazo, pero ya se apreciaba desde hace tiempo que el auge del populismo, el estallido de crisis económicas, el regreso del proteccionismo y el nacionalismo abrazando «de nuevo» el Estado-nación, que parecía ya cosa del pasado, estaba en boca de muchos. El Estado-nación estaba en decadencia, de retirada (Strange, 1998), ante el imparable avance de la globalización. Sin embargo, el Estado-nación nunca se fue. Además, durante este tiempo seguía siendo el marco referencial para la mayoría de personas en Occidente, más allá de una importante minoría que sí vivía en esta «aldea global» posnacional, siempre sobredimensionada en los medios. El Estado-nación aún proporciona, a pesar del deterioro del Estado del Bienestar, los servicios públicos, además de identidades compartidas muy potentes. No obstante, el deterioro de lo público y de la noción de lo común, la desigualdad creciente, han dejado paso a una concepción vertical del Estado-nación que la extrema derecha aprovecha para crecer. Un Estado-nación incapaz de poder representar un horizonte, ni de emancipación, ni de progreso social, dejándonos un Estado-nación regido por su naturaleza de poder más elemental, es decir, un poder centralizado con vocación de permanencia más allá de los valores democráticos.

 

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