#33 / Enero - Febrero

Editorial

Actualidad de la servidumbre voluntaria

Josep Ramoneda

¿Por qué los humanos eligen la servidumbre? ¿Por qué los humanos se someten «encantados y fascinados por el nombre del Uno» en vez de escoger la libertad? Esta es la cuestión que Étienne de la Boétie, planteó, a mediados del siglo xvi, en su Discurso de la servidumbre voluntaria, que sigue siendo considerada hoy la pregunta clave de la política moderna. La Boétie señaló tres causas de esta sumisión que sacrifica la libertad y la igualdad, que, simplificando, podemos enunciar así: los hábitos adquiridos, la pirámide de intereses y el miedo. Y las respuestas que se han dado posteriormente amplían el campo de reflexión –acordándole un papel central en lo que Jordi Riba llama «la insurgencia democrática»– pero no han mejorado sensiblemente las explicaciones del amigo de Montaigne, que murió muy joven, sin tiempo a un mayor desarrollo de esta pregunta fundamental.

La servidumbre voluntaria permanece, los métodos de dominación varían. Y hoy los ciudadanos se sientan ante la consola de los videojuegos, «sirviendo a lo irreal», como escribe Ivan Cantero, sin ser conscientes de que están participando en un proceso de actualización de su propia servidumbre, felizmente instalados en el rol de «señor del castillo, héroe o emperador». Pero, a su vez, y de ahí la potencia del concepto, el simple enunciado de la cuestión de la servidumbre por parte de La Boétie, es ya una invitación a la emancipación, como explica Manuel Cervera. Y por eso la pregunta vuelve a ser capital, en un momento en que los viejos mecanismos de opresión se sustituyen por otros. Y en que cada día hay más razones para pensar que la democracia está en peligro, aun en la forma controlada en que la hemos vivido.

Y, en este sentido, el espíritu de La Boétie es un marco referencial clave para algunos de los temas que se tratan en este número. El futuro de Europa, con Wolf Lepenies apelando a políticas activas contra el vendaval antidemocrático; el papel de los ciudadanos como sujeto político determinante del futuro inmediato que requiere una implicación activa de los mismos, como argumenta Joan Subirats leyendo a Richard Sennett; los riesgos de la globalización para la democracia que analiza Antoni Castells, o el papel central de las teorías críticas, que Seyla Benhabib defiende a propósito de la Escuela de Frankfurt.

De algún modo, utilizando la expresión de Oriol Nel·lo, el agua es «compendio y metáfora» de las mutaciones contemporáneas en la articulación de la vida y la organización social. El más común de los bienes, lejos de ser una riqueza compartida, se nos presenta como una fuente de conflicto –cuántas veces se ha dicho que la mayoría de las guerras han sido por el agua–, tanto a nivel global como local. Y, sin duda, ocupará la agenda del próximo futuro, para una humanidad que ya no puede vivir responsabilizando a la naturaleza de sus problemas, sino que tiene que asumir que es de la acción y la interacción entre humanos que dependen las causas y las soluciones de nuestro malestar. Con dos artículos y una conversación abrimos un debate sobre el agua que queremos que tenga continuidad en estas páginas.

Y termino con una frase Victoria de Grazia en su ensayo «Stalingrado» que, en medio del ruido que nos invade, nos interpela a todos: «¿Cuándo seremos capaces de contar la historia de forma honesta y sistemática?». Vivimos en un presente cada vez más fugaz, reducido a pura actualidad, si queremos recuperar el futuro, revisitemos el pasado echando al lastre los prejuicios.