#50 / Enero-Febrero 2022

Editorial

Despejar el futuro

Josep Ramoneda

© Arnal Ballester, www.arnalballester.com

La crisis nihilista

 

La Maleta de Portbou llega a su número 50 en un momento en que se hace más apremiante que nunca mantener viva la mirada de las humanidades. Vivimos procesos acelerados de transformación (y destrucción) del mundo, dotados de unas prótesis tecnológicas que pueden convertirse en una trampa letal para la especie si no somos capaces de gobernarlas desde la responsabilidad y la libertad. Y esta es la preocupación que late en este número.

En el dossier sobre la crisis destituyente del régimen surgido de la Transición, tomamos el caso español, como un ejemplo de los efectos concretos de las mutaciones en curso. Al tiempo en que en otros artículos y entrevistas autorizadas voces de saberes y disciplinas diversas advierten sobre el lugar de lo humano, en un momento en que el nihilismo –la presunción de que no hay límites– parece imponerse con ideas como el crecimiento ilimitado, el desarrollo tecnológico sin derecho a la corrección crítica y unas respuestas con la boca pequeña ante la sistemática destrucción de la naturaleza, que puede condenar a la especie.

A modo de mapa de situación: ¿de qué estamos hablando? El calendario puede ser revelador. ¿Dónde empieza el desenfreno del presente continuo (que se desprende del pasado y no tiene otro horizonte de futuro que la acción permanente)? El punto de partida está en los años setenta, un cementerio para todo tipo de elefantes en que fueron decayendo las ideologías imperantes en la posguerra. Una fecha indiciaria es 1973, el año de la primera gran crisis del petróleo. En que los países productores se revelaron frente al monopolio occidental del consumo y empezaron a poner condiciones y alentar competencias. Una primera señal que sirvió para alentar a los defensores de la insostenibilidad del Estado del Bienestar. Pero en realidad, si hay una fecha fundacional de la nueva etapa es 1979: con el acceso de Margaret Thatcher al poder, reforzada con la posterior llegada de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos. Las casualidades acostumbran a ser significativas. Aquel mismo año, Jean-François Lyotard publicó La condición posmoderna. Empezaba la sustitución de la idea moderna de progreso que, más allá de sus perversiones en forma de proyectos totalitarios, había hecho posible el encuentro entre capitalismo y democracia que había ofrecido su mejor versión en el Estado del Bienestar, privativo de un número reducido de países.

La caída del muro de Berlín en 1989 (la historia tiene sus caprichos simbólicos: 1789-1989) y el hundimiento posterior de los regímenes de tipo soviético confirmó la mutación que llevó a proclamar ingenuamente el fin de la historia. Aquel mismo año, sobre los escombros del maoísmo –algún día habrá que intentar explicar por qué en China fue posible la transformación que Rusia no ha sido capaz de completar todavía– Den Xiaoping, después de anular cualquier resistencia en la plaza de Tiananmén, puso en marcha el proceso de conversión de la república comunista en estadio superior del capitalismo.

La historia siempre está presta a romper los esquemas, porque siempre hay márgenes que se escapan a los que creen poderlo todo, y el 11 de septiembre de 2001 la historia reapareció de forma cruel. La gran metrópoli atacada en su propio territorio. Del fin de la historia pasamos al conflicto de civilizaciones, otra doctrina condenada a ser efímera. Con las nuevas cartas sobre la mesa, la crisis de 2008 pone en cuestión la base estructural –económica– de la nueva época, bendecida años antes por el Consenso de Washington. El delirio nihilista se estrellaba contra la realidad, la fantasía del capitalismo popular se deshacía como un volado. El empeño en reducir la sociedad a la suma de individuos quedó en evidencia. Los partidos tradicionales que estructuraban las diversas modalidades del bipartidismo quedaron seriamente desautorizados. Y empezó el ciclo que llevó a Trump a la presidencia en 2017 y que marcaría el momento reaccionario con el crecimiento de los partidos de extrema derecha. El asalto al Capitolio fue una advertencia insoslayable de algo que venía ya aflorando: el autoritarismo posdemocrático. La deriva autoritaria de la democracia para sostener el neoliberalismo que pretende destruir las vías comunitarias y que genera fracturas sociales irreversibles.

Y ahí estamos, en un proceso que viene doblado por la acelerada revolución digital, que empezó a generalizarse en los años ochenta y que ya es hoy la segunda piel de la humanidad, por donde transita casi todo: la información (y su imparable deformación) y los instrumentos de control y poder social. Y la computación teje sus redes infinitas. Como dice Mateo Valero, «tenemos un potencial enorme y todo es culpa del transistor, pero hay que decidir con responsabilidad».

 

El espacio y los tiempos

 

La pandemia, visitante inesperado en pleno proceso de mutación tecnológica y política, con dudas crecientes sobre la capacidad de Occidente en la gobernación del mundo, en un momento en que las miradas se desplazan hacia Asia, y en especial frente al inefable poder chino, ha introducido cierta complejidad en el proceso, y aunque en parte ha consolidado las relaciones de poder existentes (reforzando a los poderes supraestatales –las grandes compañías tecnológicas multinacionales que no han hecho más que agrandar su potencial– y dando protagonismo a China y sus métodos autoritarios) ha sido para los ciudadanos –y especialmente para los de los países más ricos, que habían perdido memoria de estas emergencias– una experiencia que podría dejar huella, porque si, como dicen los historiadores, la memoria de las pandemias acostumbra a ser corta, los efectos a menudo son relevantes.

En las sociedades del Estado del Bienestar, la pandemia ha significado el reencuentro con la vulnerabilidad de nuestra condición a menudo olvidada por las fantasías transhumanistas y otras leyendas de esta época. Y ha cambiado para muchos la relación con el tiempo y con el espacio. Al detener por unos meses este agobiante presente continuo en que vivíamos, sin por ello levantar sino más bien reforzar los fantasmas distópicos que nos alejan del futuro, nos ha hecho descubrir algo que quizá ya empezaba a olvidarse: que las cosas tienen su tiempo propio y su lugar adecuado. Y que para poder gozar de ellos se necesita una pausa que no siempre está al alcance. Y si la pandemia nos limitó el espacio (y por tanto nos hizo tomar conciencia de su importancia y diversidad) nos regaló tiempo (tiempo para pensar, para amar, para el tedio, para leer y para el silencio, tiempo para el paseo, jugar o conversar, tiempo para el paisaje y un largo etcétera). Estas y otras experiencias, ¿van a cambiar nuestra manera de estar en el futuro? ¿O van a acelerar movimientos que ya estaban en curso?

Las noticias de una sorprendente «gran dimisión» en Estados Unidos, cuatro millones y medio de personas han dejado voluntariamente sus trabajos en el último año, podrían ser indiciarias de un horizonte de cambio del que la pandemia podría ser catalizador. Sin duda, las causas de este abandono masivo y silencioso del trabajo tiene sus raíces en un malestar anterior: la fatiga, las humillantes relaciones laborales, la degradación del trabajo, la obsesión con los resultados, en dineros contantes y sonantes, que pasa por encima de las personas, carne de todos los ajustes; la deshumanización del mundo laboral en pleno delirio nihilista. Pero en cualquier caso es un rechazo que toca el centro de gravedad de la organización social, una curiosa forma de revolución discreta que se suma a una evidente sensación de crisis.

El factor determinante del clima de cambio de época es el ritmo acelerado de los cambios tecnológicos que están transmutando las relaciones de poder en el gobierno del mundo. Y los Estados están encogidos ante la fuerza de los poderes técnico-económicos globales que pasan por encima de ellos y provocan reacciones ya sea de sumisión a sus exigencias, ya sea de carácter defensivo, que pasan por las vías autoritarias: la sumisión de los individuos desocializados. ¿Ofrecen las nuevas tecnologías vías de socialización sin mengua de la condición de ciudadano (libertad y palabra)? ¿Es posible despejar el futuro?

 

Humanismo y responsabilidad

 

Como decía Jacob Burckhardt, «en general, las verdaderas crisis son raras». ¿Estamos ahora mismo en una de ellas? El concepto de crisis es transitivo. No señala un acontecimiento estático, sino un proceso que viene de lejos y apunta hacia el futuro. Crisis, desde su origen griego, es disyuntiva y decisión. «Estamos ante una crisis que conducirá a la esclavitud o a la libertad», dijo Diderot, en los prolegómenos de la Revolución francesa, subrayando esta idea de bifurcación decisiva, de momentos «precisos en el devenir de las cosas» (Leibniz). Y Thomas Piketty dice ahora que vivimos «una huida hacia la deuda pública porque no se logra hacer pagar a las clases privilegiadas». Entonces era la nobleza la que bloqueaba, ahora son las clases ricas.

Una crisis es un fenómeno cultural complejo, que casi siempre viene acompañado de connotaciones apocalípticas. La palabra apocalipsis, en griego, significa revelación, descubrimiento de algo escondido. Para nosotros, sin embargo, evoca destrucción, riesgo, catastrofismo. Es útil la acepción griega, porque a menudo las crisis –y creo que en la presente es así– revelan realidades que no se veían o que no se querían ver. Con esta crisis, cierto capitalismo –el llamado momento neoliberal, basado en el principio de competitividad y en la destrucción de los límites– ha emergido con toda su crudeza, con toda su capacidad nihilista, sin que por ello deje de reinar. Al contrario, la crisis como encrucijada se está resolviendo por la vía de la consolidación del sistema neoliberal que es «la forma de nuestra existencia», en palabras de Pierre Dardot y de Christian Laval, desde hace treinta años. Una forma de vida que sitúa a cada uno de nosotros «en un universo económico de competencia generalizada, conmina a las poblaciones a entrar en una lucha económica los unos contra los otros, ordena las relaciones sociales conforme al modelo de mercado, y transforma al propio individuo, llamado a concebirse a sí mismo como una empresa». Disyuntiva y decisión: ¿son reconducibles las crisis o hay que vivirlas como una fatalidad, como un despliegue inexorable de la lógica de los procesos económicos, como pretende la ideología neoliberal dominante?

Describir lo que está ocurriendo; aportar miradas que abran brechas a las perspectivas que dignifican la condición humana y pugnan por abrir su espacio de conciencia –por ejemplo, asumiendo la proximidad con las otras especies que pueblan la naturaleza y rechazando la sumisión acrítica a las revoluciones tecnológicas; y tratando de recuperar una visión integradora del futuro, sin caer en la alienante vía de las promesas de redención. En otras palabras, contribuir a la creación de realidad cuando se pretende atraparnos en una nube de ficción, desde el poder de unos beneficiarios muy concretos. Y es aquí donde la cultura humanística no puede esconderse, ni contribuir a la mitificación de la ciencia y de la tecnología que para que realmente estén al servicio de la ciudadanía, deben admitir la interpelación permanente desde la razón y desde la moral o, si se me permite, desde la exigencia del imperativo categórico.

Lo dice el biólogo evolutivo Tomàs Marquès cuando se pregunta si la ciencia es la verdad y destaca «la relación íntima entre ciencia e incertidumbre». «La ciencia no es perfecta. Está sometida a la visión humana y eso por definición ya la hace imperfecta. Pero bendita imperfección». Rotunda apelación a la responsabilidad. Como cuando Miguel Morey nos advierte «que nos encaminamos hacia la práctica de una prosa que puede ser leída (y gestionado su contenido informativo) por procedimientos automáticos». Es decir, una palabra desencarnada, que en nada representa la complejidad de lo humano. Y, en este sentido, Almudena Blasco ha seleccionado, en la Galería, seis últimas expresiones interculturales, por «la habilidad para captar momentos decisivos o pérdidas del alma humana» y «por las señales de fuerzas históricas pocas veces advertidas que se despliegan en sus detalles». En esas estamos, intentando dar una nueva oportunidad a los valores del humanismo.

 

La crisis de la democracia española

 

Si he querido dar un marco global a la presentación de este número es para entrar, finalmente, en una crisis concreta, dentro de la explosión nihilista en que la idea de progreso de la modernidad, donde el hombre era el sujeto principal, se ha visto desbordada por unos poderes que han encontrado su fuerza en la sumisión del hombre a la tecnología. Y por tanto a reducir la condición de ciudadano a los 280 caracteres de un tuit. Y este caso concreto es el objeto del dossier central de la revista: «La década destituyente».

Hagamos brevemente memoria. En los años setenta, España emprende un insólito proceso de Transición de una dictadura a un régimen democrático. La democracia no nace de la victoria en una guerra, sino de un pacto, entre una dictadura marchita pero con control sobre los poderes del Estado y con amplia complicidad de los poderes económicos. Ni un solo signo de ruptura institucional: el único empalme con la legalidad republicana fue estrictamente simbólico: el reconocimiento de Josep Tarradellas como presidente de la Generalitat de Cataluña. No hubo ruptura, hubo un tránsito de la dictadura a la democracia, sobre una amnistía que liberó a los represaliados del franquismo y protegió a los represores, garantizándoles la impunidad. Y todo ello en nombre de la reconciliación nacional, consigna que el partido comunista lanzó por primera vez en 1956. A mi entender el problema en aquel momento no fue la amnistía, que probablemente era vía ineludible dadas las relaciones de fuerzas y la distancia con que Europa siguió el proceso, sino la amnesia que la acompañó: que hizo de la memoria del pasado un tabú. Las tres etapas de la restauración democrática fueron la Transición: que tiene en las elecciones de 1977 el momento fundacional y que termina en 1982 con la llegada del PSOE al poder, un periodo cargado de turbulencias y con momentos de indudable riesgo, en que la vieja legalidad había sido desbordada y la nueva todavía se tambaleaba. El segundo periodo es el de la instalación y consolidación del nuevo régimen sobre la base del monopolio bipartidista PSOE-PP. Los socialistas llegaron al poder con una mayoría aplastante, que les daba una autoridad política y moral sin precedentes, y privilegiaron el asentamiento institucional del régimen, que generó inmediatamente tramas de complicidad entre poderes, por delante de la tarea de dotación del país de la cultura y la práctica democráticas que, después de cuarenta años de dictadura, eran perfectamente desconocidas. El resultado fue un régimen con tendencia a cerrarse, con PP y PSOE como depositarios del poder político, por tanto definiendo el perímetro de lo posible. Este sistema entró en crisis a principios de siglo, pero fue el año 2014 el momento icónico del agotamiento del régimen, que de algún modo, marca la entrada en la fase destituyente. Es cierto que hay un antecedente: 2011, en que, con un mes de diferencia, aparecen el 15-M y la ANC (Assemblea Nacional Catalana), primeras señales de extensión de los límites de lo pensable. Pero 2014 es el momento: con la abdicación de Juan Carlos I, la irrupción de Podemos en las elecciones europeas, la consulta independentista del 9-N y, simbólicamente, la muerte de Adolfo Suárez.

¿Estamos en un momento de mutación hacia una nueva etapa? Este es el tema central del dossier. Por tanto, una reflexión sobre nuestro presente, en un momento de radicalización de la derecha (al ritmo de Europa) y en que el denostado populismo de izquierdas se ha incorporado al sistema, formando parte del primer gobierno de coalición de la democracia, provocando la radicalización de una derecha incapaz de celebrar la capacidad de integración de la democracia que ellos pretenden defender utilizando impunemente la justicia para dirimir las querellas políticas. Esta etapa alcanzó su momento crítico en octubre de 2017 con el desafío del referéndum independentista catalán, y abrió una primera puerta a la renovación del sistema con el gobierno de coalición de izquierdas. ¿Estamos ante la oportunidad de una renovación efectiva e integradora de un régimen gastado que se resiste a reformarse o a la puerta de una nueva crisis bajo el impulso de la reacción conservadora? Con la derecha instalada en una corriente al alza en Europa –neoliberalismo radical en lo económico y autoritarismo reaccionario en todo lo demás– y con el malestar acumulado vamos imparablemente al autoritarismo posdemocrático o hay espacio para consolidar la ampliación del ámbito de lo posible y, por tanto, ir hacia una sociedad más abierta que permita reducir las brechas: de la desigualdad y del aislamiento del ciudadano reducido a la condición de individuo.

 

Protocolos de comunicación

 

Saber vivir es una cuestión que concierne al individuo, al sujeto, a sus opciones morales, a sus experiencias, a sus decisiones personales, pero también es una cuestión colectiva. Repensar la vida exige tener siempre presentes estos dos planos: el personal y el social. Los humanos sólo existimos en relación con los demás. El buen salvaje es un mito. Es, por tanto, en las relaciones con los otros que nos configuramos como seres humanos y que construimos nuestra manera de ser y los parámetros para relacionarnos con el mundo. Por eso, saber vivir tiene que ver con una de las asignaturas principales de las sociedades contemporáneas: aprender a vivir juntos gente diferente. El paso a la sociedad global está afectando a las personas y a las sociedades, a las identidades individuales y a las colectivas. La mayor proximidad que nos da un mundo que se ha hecho más pequeño ofrece un inusitado caudal de experiencias y de potencialidades. También son objeto del aprendizaje del saber vivir. Gentes de orígenes culturales diversos se encuentran en un mismo territorio, los intercambios se producen, generan un delicado juego, como decía Paul Ricoeur, de traducción y de luto. Esta inseminación entre culturas también forma parte del futuro de la vida buena. Y la cuestión de la tolerancia y del pluralismo adquiere una importancia decisiva.

La tolerancia y el pluralismo expresan la vida buena en el ámbito de las ideas y de las creencias de las personas. Y por tanto nos colocan ante conceptos morales como el respeto y el reconocimiento del otro, como base ética de la sociedad abierta. Pero junto a esta dimensión que podríamos llamar espiritual está también la dimensión material. Jugando con las metáforas podríamos hablar –aún sabiendo que son indisociables– de cuestiones del alma y cuestiones del cuerpo. Tenemos las realidades extremas del hambre y del consumo excesivo; y tenemos toda una cultura del cuerpo a desarrollar, que hay que evitar que quede en manos de la cultura basura de determinados medios de comunicación de masas. Si tenemos en cuenta el impacto que sobre estos problemas pueden tener las nuevas tecnologías de la vida, hay aquí todo un campo de reflexión fundamental, que pasa por la atención a la naturaleza de la que formamos parte, por las condiciones mínimas de dignidad de los humanos, la igualdad de género y el respeto a la diversidad de opciones personales, los equilibrios sistémicos y la necesidad moral de que las nuevas tecnologías que pueden cambiar radicalmente tanto el cuidado del cuerpo como la dignidad de las personas, sean instrumentos al servicio de la humanidad y no instrumentos de sumisión y destrucción de la propia especie. En fin, luchar contra la humillación, la discriminación y la fractura de la especie, cuando la fantasía de una sociedad dividida entre los superhombres y los últimos hombres amenaza como una pesadilla, en el carrusel de fantasías distópicas que nos acompaña.

La cultura como bien de primera necesidad. La cultura no redime, el velo que separa la cultura de la barbarie es muy fino, pero la cultura es un componente básico de la vida buena. El placer de pensar, el placer de crear, el de leer, de escuchar música o contemplar una obra de arte. Pero también el placer de tener protocolos de comunicación suficientes como para poder dialogar –en el sentido pleno de la palabra: con la voluntad de cada parte de convencer y de ser convencido– con gentes de otras culturas, tradiciones y sensibilidades.