#49 / Noviembre-Diciembre 2021

Editorial

¿Adónde vamos?

Josep Ramoneda

El impacto de la pandemia ha sido tan fuerte que cuesta creer que después de ella todo seguirá igual que antes. El mito del retorno a la vieja normalidad apenas superó la prueba del confinamiento. Y empezaron las especulaciones sobre el mundo que viene. «¿Cambio de era o mutación de la historia?» es el interrogante desde el que nos planteamos, en este número de La Maleta de Portbou, la reflexión sobre el próximo futuro. En realidad, las bases del cambio estaban sentadas antes de que llegara el virus pero el terremoto que su penetración en nuestros cuerpos ha provocado nos ha hecho tomar conciencia de ello y al mismo tiempo ha impuesto un clima de una cierta gravedad. De realismo, «alejado de la pastoral de las muchas doctrinas que dominan hoy el mundo», como escribe José Enrique Ruiz-Domènec, de humanismo, conscientes de que «dejar el dominio del mundo a los algoritmos hará inmensamente ricos a algunos, pero empobrecerá el camino del espíritu humano».

Digo que esta historia viene de lejos. Efectivamente: el momento de ruptura que nos colocó en el camino de la gran mutación, se sitúa a finales de los setenta. Me gusta siempre recordar que en 1979 Margaret Tatcher llegó al poder en Gran Bretaña (preludio de la llegada de Ronald Reagan en Estados Unidos) y Jean François Lyotard escribió La condición posmoderna. Era el fin del proyecto ilustrado que había llevado las libertades y derechos de los ciudadanos a niveles desconocidos pero que también había generado los monstruos totalitarios. Diez años más tarde, el hundimiento de la Unión Soviética confirmaría el gran cambio. ¿Cuál era la base sobre la que se pretendió construir esta nueva era? La revolución nihilista: la pérdida de la noción de límites de la que ha sido agente y portador el llamado neoliberalismo. No hay límites al crecimiento, al beneficio, a la aceleración, a la explotación de los recursos humanos y materiales, a las desigualdades sociales. Y el delirio se puso en evidencia en la crisis de 2008 que demostró los límites de los sin límites.

Simultáneamente el despliegue de las tecnologías de la información creó una élite planetaria en expansión sin control como una realidad paralela que teje el mundo por encima –o por debajo, según se mire– de todos nosotros. El desconcierto generado por un mundo que estaba perdiendo los estabilizadores del capitalismo industrial y se adentraba en una aceleración sin precedentes, provocó, capitalizando el profundo malestar de amplios sectores de la sociedad, el retorno del fascismo y de la derecha radical, que habían estado más o menos contenidos después de su derrota en la Segunda Guerra Mundial, aunque en este país nos tocó una amarga ración suplementaria. A medida que las desigualdades crecían, que la desconfianza con unos gobiernos con escaso margen respecto a las exigencias de los poderes económicos, y con la izquierda desorientada por la crisis de su relato de la historia, fueron tomando cuerpo las propuestas articuladas sobre la retórica patriotera y la limitación de los derechos individuales, simbolizada por su desprecio obsesivo del feminismo. Se construía así un gran interrogante: completado el paso del capitalismo industrial al financiero, ¿es inevitable la consagración del autoritarismo posdemocrático?

Esta pregunta estaba ya sobre la mesa cuando llegó la pandemia y lo sigue estando ahora. Y por eso hemos querido entrar en el análisis de la nueva derecha radical, huyendo de los tópicos y lugares comunes, en un dossier coordinado por el historiador Xosé Manoel Núñez Seixas. En la medida en que el autoritarismo posdemocrático es ya, más que una amenaza, una presencia, hay que entrar en los matices y sobre todo hay que concretar los conceptos, evitando el abuso de nociones «atrápalo todo» como la de populismo, que vale tanto para un barrido de derechas como para un fregado de izquierdas con lo cual no explica nada. Sólo alimenta la confusión.

La pandemia nos regaló una imagen que puede haber sido un espejismo. De golpe, sin dar demasiadas explicaciones, los Estados tan denostados, que creíamos a merced de los poderes globales, demostraron su fuerza encerrándonos en casa por simple decreto ley. Es decir, descubrimos que todavía mandan. Pero descubrimos también que esto no varía el camino que ha conducido a China a emerger como estadio superior del capitalismo. Y que a su vez no inmuta a las compañías globales que han multiplicado su fuerza exponencialmente mientras estábamos encerrados en casa. Ni cierra el paso al autoritarismo posdemocrático que ha enseñado ya su verdadero carácter: neoliberal en lo económico, autoritario en todo lo demás. De modo que mientras las series televisivas siguen pintándonos un horizonte distópico y la ilusión del futuro sigue decayendo, en manos de una enfermedad que muchas ya imaginan como recurrente, hay que mirar de cara al día después. Sabiendo que las pulsiones que marcan el futuro ya estaban en curso y que hay que profundizar en las mutaciones, sus límites y sus posibilidades, sin dejar que la incertidumbre –de la que habla Joan Subirats– se convierta en una losa, cuando en realidad forma parte de nuestra condición y es impulso para avanzar. Sin incertidumbre no hay libertades.