#54 / Septiembre-Octubre 2022

Las literaturas del yo

Autofición en catalán

Adrià Pujol Cruells

I

Un viaje no existe hasta que no se cuenta con gracia. Las credenciales del viajante pueden depender de las pruebas aportadas, los aventureros y esos objetos exóticos, fotos, el turista, cicatrices, el emigrante, los fetiches del peregrino y los recuerdos del moribundo. Pruebas, intimidades, pero si el relato no tiene estilo el viaje cae en el olvido.

Alguien debe rendir cuentas de lo vivido y lo sentido durante la exploración. De no ser así, el periplo no obtiene legitimación, esto son su verosimilitud o su eficacia funcional y simbólica. Hasta la mera existencia del viaje quedará en entredicho si el narrador o sus exégetas no son de fiar. En cualquier caso, lo menos importante es que la narración sea fidedigna, porque un mismo viaje se puede interpretar de maneras distintas –a veces en aras de un objetivo ajeno al mismo, véase la insistencia de cierto hispanocentrismo con el futurismo imperial de los viajes colombinos, cuando el pobre hombre sólo quería llegar a las especies ultramarinas de avanzadilla. El viaje se sella volviendo o, lo que es muy parecido, termina con su mise en narration. Para el caso da igual qué se explica, el fondo, hechos más o menos sorprendentes o nimiedades. Dar la vuelta al mundo en ochenta días o ir a comprar pan a la esquina, es más importante en manos de quién está el recuento y cómo lo lleva a cabo, con qué estructuras de la certidumbre, del entretenimiento, según qué pactos de recepción.

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