#35 / Mayo - Junio

Jordi Amat

Cataluña: la normalización incompleta

La Casa de la Caritat antes de transformarse en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, CCCB. © Eugeni Bofill

Cena en el chalet de Vallvidrera donde vive Baltasar Porcel. Finales del siglo XX. Los comensales constatan la dificultad de la literatura catalana para ampliar su prestigio dentro del campo cultural donde teóricamente tendría que ser central, es decir, en Cataluña. El campo cultural catalán, constatan, no tiene capacidad para generar prestigio, el sistema cultural español tampoco había servido como caja de resonancia operativa. Porcel sufre el diagnóstico en carne propia. A pesar de su presencia mediática (en la radio, la prensa), a pesar de las plataformas de las que ha dispuesto a través de la autonomía (la dirección del Institut Català de la Mediterrània, la presidencia del jurado del Premi Internacional Catalunya), Porcel –quizá el novelista en catalán más relevante de la democracia– no ha dejado de ser minoritario. Los comensales constatan una dinámica: si una figura de la cultura catalana conseguía prestigio internacional, entonces sí, su prestigio interno se catapultaba. La demostración más clara era Miquel Barceló, artista que había ido engrandeciendo su renombre desde su presencia en el año 1982 en la Feria Documenta de Kassel.

Para leer este artículo completo COMPRA ESTE NÚMERO o SUSCRÍBETE A LA REVISTA