#15 / Enero-Febrero 2016

Martin Woessner

La ficción televisiva en el siglo XXI

Cine, televisión y tiempo

Lo oí antes de verlo.  Con la vejiga llena de alcohol gratis, proporcionado en abundancia gracias a la notable opulencia de HBO, anfitriona de la fiesta posterior a los Emmy a la que había acudido, traté de alcanzar la puerta del baño cuando una voz nasal al tiempo que huraña chasqueó la lengua a mi espalda. Por lo visto había cola y me la había saltado. O eso pensé. Me di la vuelta para ver quién me llamaba la atención y allí estaba él, enorme e imponente: Tony Soprano, el único personaje televisivo de quien nunca jamás querrías colarte. Disfrutando sin duda del pánico que su gesto había provocado, James Gandolfini se echó a reír y dejó al descubierto la sonrisa más amplia que he visto jamás. En un abrir y cerrar de ojos, Tony Soprano se transformó en el actor que le había dado vida y él, Gandolfini, me estaba vacilando sin piedad, como dicen en Nueva York y Nueva Jersey. Cuando menos de un año después me enteré de que había muerto de un ataque al corazón, pensé en esa sonrisa traviesa.

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