#53 / Julio-Agosto 2022

Clásicos

Cine

Ivelise Perniola

El término clásico en el contexto de las artes tiene un significado normativo, histórico y axiológico; parafraseando a Sainte-Beuve (Causeries du lundi, vol. III, 1850), en el campo literario se puede definir como clásico a un escritor de valor, un escritor que cuenta y que no se confunde con la multitud de proletarios. El clásico se erige, por tanto, como un ideal, un canon al que ajustarse, inspirado en la grandeza y perfección de la cultura grecorromana. En literatura, el clasicismo se manifiesta en la claridad de la exposición, en la madurez lingüística, en la universalidad de los temas y de la forma, mientras que en las artes plásticas el clasicismo se expresa en la adhesión a un canon de perfección caracterizado por el orden, la forma, la medida y la armonía de la composición. En la reflexión filosófica del siglo xx, lo clásico sale de las estrechas mallas de la copia conforme a un ideal de belleza y armonía históricamente caracterizado para llegar a una reflexión metahistórica, por tanto ya no es un fenómeno histórico específico, sino una manera de renovarse siempre en la historia misma y que surge en relación con la lectura que se hace de una obra, teniendo en cuenta el ámbito social y el periodo histórico. Por lo tanto, en el lenguaje común un clásico es algo que se sitúa en el Olimpo de obras valiosas, siempre vigentes y universalmente reconocidas, de las que un hombre de cultura no puede prescindir, es decir todas aquellas obras que es absolutamente necesario conocer para integrarse dentro de un sistema axiológico del arte universalmente compartido. En cambio el cine, el séptimo arte, utiliza el término clásico en un sentido profundamente diferente, hasta el punto de que, paradójicamente, son precisamente las obras insignificantes, desprovistas de originalidad y genialidad creativa, las que más a menudo caen en el campo del «cine clásico».

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