#44 / Enero-Febrero 2021

Xavier Pla

Cómo leer a Mircea Cărtărescu en tiempos de autoficción

Mircea Cărtărescu en Bucarest, 2003. Wikipedia commons. © Cosmin Bumbuţ

 

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Hace quince años, el filósofo inglés Galen Strawson, actualmente profesor en la Universidad de Texas, en Austin, puso en cuestión la idea de que la narración sea el centro de nuestra experiencia del pasado, de la percepción de nuestro pasado. En su artículo «Against Narrativity», publicado en la revista de filosofía analítica Ratio, Strawson defendía que quizá no es del todo cierto que los seres humanos sólo tengan una manera de experimentar su ser en el tiempo, y denunció lo que él denominaba el «dogma narrativista»: es decir, aquella creencia que parte de una concepción de la identidad entendida tan sólo como un relato y no tanto como sustancia. En otro artículo, titulado irónicamente «I am not a story», Strawson ponía el ejemplo, para rebatirlas, de las palabras del reconocido neurobiólogo Oliver Sacks, quien escribía en una ocasión que: «Self is a perpetually rewritten story. […] each of us constructs and lives a “narrative” [and] this narrative is us, our identities». El «narrativismo» tendería a defender que sólo la reconstrucción narrativa de nuestra continuidad a través del tiempo nos permite dar sentido a nuestro «yo» presente. Hay quien cree confortable pensar la vida como un relato continuo y coherente, pero otros, como el filósofo británico, lo encuentran absurdo.

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