#46 / Mayo-Junio 2021

Najat El Hachmi

Cuando la identidad sepulta la igualdad

© Flavita Banana, www.flavitabanana.com

Según el diccionario de la Real Academia, identidad es el «conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que lo caracterizan frente a los demás», o bien la «conciencia de que una persona o colectividad tiene que ser ella misma y distinta a las demás». Es decir, que la identidad se pone en juego y tiene sentido cuando median relaciones sociales, vinculada a la convivencia con otros seres humanos, y sirve tanto para establecer distinciones respecto a otros como similitudes con quienes conforman un grupo de pertenencia. Sabemos que en otros momentos históricos este concepto no tuvo relevancia alguna, pero en el mundo contemporáneo parece ser el principal elemento en torno al que se articulan los debates sociales.

Que las cuestiones identitarias lo estén ocupando absolutamente todo me parece una trampa peligrosa, sobre todo cuando a ella se supeditan valores fundamentales de las democracias como la igualdad y la libertad. ¿Se puede garantizar la libertad de todos los ciudadanos cuando establecemos que las organizaciones grupales tienen tanto o más peso que los individuos? ¿Cómo seguir defendiendo la igualdad cuando hay que proteger, promover y ensalzar las virtudes de elementos que definen un conjunto de personas? ¿Quién establece esos elementos definitorios y quién puede escoger libremente a qué grupo pertenece y cuáles son sus prioridades individuales? A mi entender estamos saturados de identidad, empachados de la búsqueda constante de la diferencia. Es más fácil a día de hoy presentarse en el ágora pública como distinto que reclamando simplemente la igualdad. Se demuestra cada vez más que el debate sobre lo que somos, los intentos de categorizar a los seres humanos en función de rasgos distintivos, pertenencias a colectivos y demás variables está construyendo cárceles de las que resulta difícil escapar. Algo que, para más inri, ocurre en las sociedades occidentales y abiertas. Creo ver en esta deriva un riesgo enorme para la libertad y la no discriminación. En base al ejemplo práctico de lo que está ocurriendo con el feminismo y el islam en Occidente sostengo que la hegemonía de lo identitario puede llevar a una vulneración de derechos y devolvernos, de nuevo, a la misma situación de exclusión de la que creímos escapar mediante el reconocimiento de la diversidad. Aunque en tiempos de posmodernidad pueda parecer desfasado reivindicar los principios de la Ilustración, descartarlos es en realidad un privilegio al alcance de quienes ya nacieron y crecieron en países que todavía se sostienen sobre tales principios. Para quienes procedemos de regímenes faltos de libertad, igualdad y fraternidad, el desprecio a la Ilustración desde la comodidad democrática llega a resultarnos insultante. Para vacunar contra el escepticismo basta con pasar una temporada en alguno de los países de los que escapamos nosotros.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché el concepto identidad. Lo que sí sé es que apareció en clave conflictiva: por lo que yo era, me transmitieron desde muy pronto que por haber nacido en el norte de África y haberme desplazado a Europa, tenía que tener un conflicto de identidad. Desde el presente me pregunto si no se trató de una profecía autocumplida: tu identidad va a ser un problema. Y lo fue. También podría ser que la presencia de este tipo de debates en la opinión pública sirviera de estímulo para pensarnos en estos términos. No en vano yo crecí y vivo en Cataluña, un lugar en el que la preocupación por lo que somos y dejamos de ser lo invade completamente todo.

 

¿Se puede garantizar la libertad de todos los ciudadanos cuando establecemos que las organizaciones grupales tienen tanto o más peso que los individuos?

 

Lo que somos las personas, por muy complejo que sea nuestro tránsito por el mundo, por variadas que sean las parcelas que nos conforman, no es intrínsecamente problemático. He conocido muchos inmigrantes e hijos de inmigrantes y la mayoría saben perfectamente lo que son: les basta con contarse su propia historia para ser conscientes de la materia de la que están hechos. Una materia que, por otro lado, en tanto que seres humanos, no suele presentar variables hasta el infinito: basta un repaso por las obras literarias universales para darse cuenta de que suelen ocuparnos y preocuparnos las mismas cuestiones, los mismos temas llevan milenios repitiéndose en todas las representaciones culturales. Una mujer analfabeta procedente de un mundo rural que se ha desplazado hasta la periferia de cualquier ciudad europea sabe perfectamente quién es y lo que es no le supone conflicto alguno, el conflicto llega cuando son otros los que la categorizan, definen, delimitan a qué grupo pertenece y cuáles son sus derechos y libertades. Su identidad es un problema cuando lo que es le impide ser, en realidad, ser sin más, sin tener que dar explicaciones ni justificarse, sin que tenga que verse obligada a encajar en los parámetros que establecieron otros.

Aprendimos que nuestra identidad era conflictiva no desde nuestra percepción interna sino desde los límites que nos impusieron desde fuera. En este sentido no tardamos en darnos de bruces con la forma más visible y tangible en que se manifestaban esos límites: el racismo. Entendí cuál era mi identidad la primera vez que me llamaron mora de mierda en una pelea de patio, la entendieron los chicos de mi barrio cuando la policía empezó a pararles por la calle. También cuando buscamos piso de alquiler o trabajo. La señora analfabeta que mencionaba más arriba comprendió muy bien que tenía un conflicto de identidad el día que le entregaron una tarjeta de residencia en la que no solamente se explicitaba que, en tanto que reagrupada, no tenía derecho a trabajar, sino que además constaba en el reverso del documento el nombre del marido (no sabía leer, pero ya se encargaban las hijas de traducirle el significado de esa marca de pertenencia). Ante este tipo de situaciones, las demandas de las personas directamente afectadas suelen reclamar que se acaben los mecanismos de la discriminación.

Llevo muchos años escuchando a personas de mi mismo origen y nunca me he encontrado con ninguna que, de forma espontánea, reclame reconocimiento de su identidad y su diversidad. Más bien todo lo contrario. Dado que su identidad supone estar sujetos a normas injustas, lo más habitual es que se pida mayor igualdad y menos consideración por los rasgos particulares. Esto explica que, por ejemplo, el anhelo de acceso a la ciudadanía plena, la nacionalidad, sea una de las principales preocupaciones de todo inmigrante y se le dedique un esfuerzo titánico, años de trámites que constituyen una auténtica odisea burocrática. El objetivo al intentar conseguir la nacionalidad no es ser considerados distintos, todo lo contrario: es para ganarse el privilegio de ser iguales.

 

El racismo clásico es fácil de identificar. Lo que resulta mucho más difícil es neutralizar formas más sofisticadas de rechazo como la que supone encarcelar al «otro» en una supuesta esencia, en su identidad.

 

El racismo clásico es fácil de identificar. Lo que resulta mucho más difícil es neutralizar formas más sofisticadas de rechazo como la que supone encarcelar al «otro» en una supuesta esencia, en su identidad. Las políticas de reconocimiento de la diversidad en su momento se presentaron como una solución, incluso un antídoto, contra el racismo mismo. Habría bastado, en mi opinión, con que a los últimos en llegar a sociedades democráticas se les facilitara el acceso a la ciudadanía plena, a los derechos ya existentes para los «autóctonos». En eso tendría que consistir la integración de los inmigrantes: menos trabas administrativas, menos segregación urbanística o escolar, no ser relegados a determinados espacios tanto físicos como laborales o sociales.

En resumidas cuentas: la primera opción para no permitir que existan ciudadanos de segunda (es decir: no ciudadanos) es aplicar la universalidad de los derechos humanos y de los principios fundamentales heredados de la Ilustración. Pero el fenómeno de la globalización y los movimientos migratorios no se dan aún en la modernidad, lo hacen en esta etapa posterior que algunos suponen de superación de aquellos valores de la libertad, igualdad y fraternidad que en ocasiones se presentan como envejecidos o se impugnan por no ser los que rigen otras sociedades con «otras culturas».

Muchos de los hijos de los primeros inmigrantes en España nos sentimos incómodos con el multiculturalismo desde el primer momento sin saber muy bien por qué. Estábamos muy lejos de comprender que la propuesta que se nos hacía era una construcción de nuestra identidad a pesar nuestro, que antes de que pudiéramos decir qué rasgos particulares nos definían ya había quien se ocupaba de tal tarea sin siquiera consultarnos. Se nos estaba invitando a una fiesta que nosotros no habíamos organizado en la que se repartían los papeles de forma muy clara y otra vez nos veíamos obligados a encajar: teníamos que ser distintos, encarnar la diversidad. Y cocinar mucho, hay que decirlo, hubo unos años en los que para celebrar la riqueza de esta nueva sociedad multicultural no faltaban las invitaciones a preparar los platos típicos de nuestros países de procedencia (mientras que los autóctonos, al ser su gastronomía de sobras conocida, raramente se enfundaban el delantal). Entonces me hubiera venido bien saber que había distintas propuestas para gestionar la «diversidad» y que prácticamente desde la década de los ochenta en algunos países se había impuesto la idea de que el exceso de individualismo era algo peligroso, que ya entonces se defendían las virtudes de la comunidad y no solamente para quienes pertenecían a una minoría. Es, incluso, uno de los tópicos con los que hemos tenido que lidiar quienes hemos nacido en estas circunstancias: no son pocas las veces que nuestros interlocutores, xenófilos por oposición a la xenofobia, alababan las virtudes de nuestras sociedades de procedencia por no presentar, precisamente, ese rasgo deleznable del exceso de autonomía de sus individuos.

Pero la individualidad y el individualismo, si se quiere, son inherentes a la democracia misma: un ciudadano, un voto. Y con la noción de ciudadanía nació la emancipación del ser humano respecto a formas de organización que podían coartar su libertad como, por ejemplo, la Iglesia. La separación del poder político del poder religioso ya es, a mi entender, una confrontación entre la independencia del ciudadano y su adscripción a una comunidad, en este caso articulada en base a unas creencias y que puede exigir el cumplimiento de normas, ritos, etcétera. La Ilustración, en este sentido, consigue domesticar el poder que no deriva de las decisiones tomadas por el conjunto de ciudadanos que forman una sociedad.

 

El feminismo fue, en palabras de Celia Amorós, un hijo no deseado de la Ilustración, que al establecer los derechos de los hombres, se olvidó de los de las mujeres.

 

La propuesta multiculturalista desconfía del individualismo excesivo y hace bien cuando este supone el desmantelamiento de las estructuras estatales garantes, precisamente, de las libertades individuales pero no creo que la solución sea enfatizar las bondades de lo comunitario. Necesitamos de los demás, es cierto, no podemos vivir aislados, y a lo largo de nuestra vida establecemos vínculos importantes con personas de las que dependemos y a la vez puede que dependan de nosotros. Pero una cosa es observar las necesidades afectivas de los individuos y otra muy distinta establecerlas por ley.

La propuesta comunitarista puede parecer ino-fensiva: al fin y al cabo lo único que hace es reconocer un grupo de personas que son iguales entre sí y otorgarles derechos, incluso considerar la comunidad como sujeto político. Pero este planteamiento, que en un principio puede parecer eficaz contra la discriminación al señalar, precisamente, que los integrantes de dicha comunidad la sufren por el simple hecho de pertenecer a ella, es también un peligro por categorizar y delimitar un grupo de personas. ¿Quién decide lo que es una comunidad y dónde empieza y acaba? ¿Están garantizados los derechos básicos también para los disidentes de tales adscripciones?

Hay un núcleo de conflicto concreto que me ha llevado a reflexionar sobre esta cuestión: las propuestas de cierto feminismo comunitarista o identitario, feminismo relativista que pone en duda los vectores principales de su agenda cuando lo que entra en juego es la cuestión de la diversidad y su respeto y más concretamente el del caso del islam y las mujeres.

El feminismo fue, en palabras de Celia Amorós, un hijo no deseado de la Ilustración, que al establecer los derechos de los hombres, se olvidó de los de las mujeres. Trescientos años después de que apareciera por primera vez, se va corrigiendo ese error fundacional y ya no hay países que se tengan por democráticos que recojan en sus leyes una discriminación explícita hacia las mujeres. Es cierto que en lo social queda mucho por recorrer. Uno de los grandes logros del feminismo de las últimas décadas ha sido consensuar su universalidad: que sus conquistas son para todas las mujeres del mundo independientemente del país en el que vivan, su religión, etcétera. El fruto más evidente de este consenso son los acuerdos de Pequín de 1995, firmados por 189 países. A pesar de que en mucho de ellos las políticas acordadas distan mucho de haberse hecho efectivas, esta conferencia marca un momento histórico de la lucha feminista.

Tal consenso contrasta enormemente con algunas corrientes del feminismo que vienen a defender que, en caso de interseccionar la lucha feminista con el vector del respeto a la diversidad y el antirracismo, prevalece este último. A nivel internacional fueron las organizaciones islamistas las primeras en oponerse de forma frontal al acuerdo. En Marruecos, por ejemplo, llenaron las calles para protestar contra las iniciativas previstas por el gobierno para mejorar la situación de las mujeres. Entre los argumentos que se usaron en contra de las políticas de igualdad, el principal fue el de la identidad. Se adujo que el feminismo ni formaba parte de la propia cultura ni sus valores podían aplicarse a una sociedad con un rasgo distintivo que estaba por encima de cualquier otra consideración: el hecho de ser una sociedad de mayoría musulmana.

Que tal defensa de la identidad para neutralizar la acción del feminismo venga de parte de ulemas, de todo tipo de organizaciones religiosas más o menos fundamentalistas, más o menos reaccionarias, no es nada sorprendente. Lo sorprendente es que en los últimos años sean sectores de la izquierda en los países democráticos e incluso algunas facciones del feminismo quienes vienen a supeditar esa supuesta identidad musulmana a la defensa de los derechos de las mujeres.

Es francamente extraña esta deriva relativista: de repente, aquellas que hemos sido colocadas bajo la denominación de «mujer musulmana», observamos con estupor la indiferencia ante la vulneración de nuestros derechos no por parte de los racistas de ultraderecha sino por quienes nos dijeron que estaban en el extremo opuesto, en la defensa acérrima de nuestras libertades. Así las cosas, hemos visto cómo los discursos islamistas, identificados en los países musulmanes como claramente conservadores y machistas, están penetrando las esferas de lo público, influyendo a formaciones políticas con representación en distintas administraciones. Incluso han llegado al mundo académico y a productos de impacto mediático como series de televisión y revistas de moda. En el caso del activismo en redes, quienes enarbolan este tipo de propuestas son considerados representantes de la «comunidad musulmana».

Se repartieron las sillas en este mercado de las identidades y a nosotras nos tocó la lotería: ante todo, y sobre todo, somos musulmanas. La religión ya no es una creencia, una opción ni una práctica relegada al espacio privado, ahora es nuestra principal seña de identidad. Costará tiempo que los jóvenes (sobre todo ellas) musulmanes se den cuenta de la trampa que supone este encarcelamiento no solicitado por parte de quienes siguen sufriendo un malestar fruto de las condiciones sociales o administrativas y no de la falta de reconocimiento de sus rasgos distintivos. Tardarán en ser conscientes de que un velo en un cartel electoral no conlleva, ni de lejos, la solución de la discriminación que sufren por su procedencia y que, además, para las mujeres supone legitimar, promover y afianzar una imposición machista de la que ahora va a ser mucho más difícil escapar.

Hemos pasado de un comunitarismo superficial y frívolo de los años noventa a uno políticamente más significativo por un motivo muy claro: a día de hoy está disponible lo que algunos vienen llamando «voto musulmán». Hay cada vez más ciudadanos de pleno derecho a quienes se les presupone esta religión en base a una estimación teniendo en cuenta el país de nacimiento, el de sus padres o bien el apellido. Considero que esta delimitación es en sí misma racista dado que en ningún otro caso se está agrupando a los votantes en función de sus creencias. Puede que el viraje en algunos asuntos de debate público tenga que ver precisamente con este cambio demográfico. Para no ofender al votante musulmán, incluso para interpelarlo directamente, se evita y se niega la existencia del machismo en el islam. Hay ciertos rasgos populistas en algunos mensajes que se lanzan al «votante musulmán» al no proponerle más que reconocimiento de su religión. Se están haciendo auténticas virguerías teóricas para esquivar la carga patriarcal del islam o para neutralizar la crítica feminista: se atribuye a la interpretación de los textos sagrados, incluso a la traducción hecha por malvados arabistas occidentales, el contenido misógino del mensaje de Mahoma. Vemos con asombro que en algunas cátedras universitarias europeas se genera un islam insólito que nada tiene que ver con las prácticas de los países en los que es mayoría. Catorce siglos de discriminación de la mujer se explican por la mala fe de los teólogos. En fin, desde la atalaya del mundo académico asistimos al auge de propuestas discursivas que nada tienen que ver con lo que viven los musulmanes a pie de calle.

La cuestión de fondo es: ¿en qué lugar nos deja a las mujeres nacidas en familias musulmanas esta deriva comunitarista que pretende esencializarnos en base a las creencias de nuestros padres y que supedita la igualdad al respeto a la diversidad? Pónganse en la piel de una niña que al vivir el cambio biológico de la pubertad pasa a estar sujeta a normas que solamente se le aplican a ella por ser «mujer». Que de repente tenga que cumplir con requisitos indumentarios para ser considerada decente en su entorno, que se le prohíban actividades como la natación o la educación física, que se la presione para llegar virgen al matrimonio e incluso para casarse. ¿A quién podrá acudir esta niña para rebelarse contra un machismo tan evidente, tan explícito? Si interpela a la derecha se le dirá que el problema es que esté presente en el país, que su mera existencia es ya un problema. Si se acerca a ciertos sectores de la izquierda esta se incomodará, enarbolará la bandera de la lucha contra la islamofobia y mirará hacia otro lado, le hablará de los tópicos que se han construido sobre su «comunidad» y se esforzará en no estigmatizar a quienes le imponen normas injustas. Para esta niña, nacida en democracia y en pleno auge del feminismo, lo más doloroso será asumir la indiferencia con que todos estos sectores toleran la vulneración de sus derechos. Una vulneración que solamente sufre ella por haber nacido en la identidad equivocada, una identidad grupal tan importante que hace que feministas y sectores de la izquierda sean más inclusivos con los machistas que con las que lo sufren y se rebelan contra él.

El panorama no resulta nada esperanzador: cuanto más avanza la ultraderecha, más enarbola esta izquierda la bandera de una diversidad construida sobre los diversos y, sobre todo, las diversas. Esta claudicación y traición a los valores progresistas traerá consecuencias más nefastas de lo que a simple vista puede parecer.

Este texto tiene su origen en la conferencia «Comunidad o ciudadanía» celebrada el 22 de febrero de 2021, dentro del ciclo «Desconfinar el futuro. La mirada de las humanidades», organizado por la Escola Europea d’Humanitats en el Palau Macaya de la Fundación “la Caixa”, en Barcelona.