#5 / Mayo-Junio 2014

Editorial

Del futuro al presente

Josep Ramoneda

¿Qué fue del futuro? en un país en el que el 64 por ciento de los jóvenes de entre 19 y 34 años vive en casa de sus padres hablar de futuro parece una broma. La idea ilustrada de progreso se conjugaba con la idea de emancipación y ésta sólo es posible si cada cual es capaz de asumir la experiencia autónoma de la vida. En el momento en que la humanidad dispone de unas prótesis tecnológicas de una potencia sin precedentes, el futuro aparece como un horizonte enormemente confuso y la idea de progreso que asociaba ciencia, cultura, libertad y bienestar se ha desdibujado. El progreso ya sólo es tecnológico. De pronto, han desaparecido las fantasías de un mundo mejor, donde los ciudadanos crecieran en armonía y plenitud, que estaban contenidas en unas filosofías de la historia, entendidas, bajo la influencia cristiana, como camino de redención. «La concepción de la historia como un proceso lineal y progresivo se ha revelado inconsistente», escribía Octavio Paz en Los hijos del limo. Proliferan las distopías, escenas de mundos siniestros, en que la revolución puede ser por una disputa sobre el parking (Ballard) y el control social se hace estremecedor, aboliendo por completo los espacios de intimidad. Las promesas de un futuro feliz están ausentes, porque nadie está dispuesto a comprarlas, cansados de que sirvan de coartada para la opresión. Y las líneas de fractura en la sociedad se multiplican hasta hacer creíble la fantasía de Nietzsche de que algún día el último hombre y el superhombre coexistirían en la Tierra. Ruptura de la humanidad, fin de la idea de unos derechos fundamentales sobre los que asentar la dignidad humana.

¿Dónde está el futuro entonces? Hay que empezar por rescatar el presente. Y esta tarea sólo es posible sobre la base del reconocimiento del conflicto y sus virtualidades constructivas, que hoy se niega sistemáticamente en nombre del orden y de la ley; del reconocimiento del otro, después de que la destrucción de la idea de sociedad, de bien común, de espacio compartido haya dejado al ciudadano Nif (el de la triple «c»: competidor, consumidor, contribuyente) a la intemperie; de la recuperación de la experiencia esencial de la vida humana, la que Montaigne explica como el ejercicio de pintarse a sí mismo en este singular momento que es el encuentro con los otros o con las distintas manifestaciones del mundo. Recuperar la vida, en una palabra. La vida como modo de estar de cada cual entre los demás.

La desaparición del futuro como mito regulador nos obliga a reconstruir caminos para volver a conectar con nosotros mismos. Podríamos evocar la idea de humanismo renovado desde el que encontrar un punto de vista para evaluar las transformaciones del mundo. Las tecnologías evolucionan a tal velocidad que se necesitan puntos de referencia para situarse en relación con ellas sin dejarse poseer por ellas como si fueran un destino. Que el papanatismo de la técnica no nos prive de las enormes oportunidades que ésta pone a nuestra disposición. Ello significa que la ciudadanía ha de recuperar la voz para impedir que las cuestiones que nos conciernen a todos se cierren sin saber qué queremos ni qué pensamos. Y a esto se le llama reconstruir la democracia. Ganar el presente es devolver la palabra que nos constituye a los ciudadanos (poner límites para defender la dignidad de todos y cada uno), no entregar el monopolio del sentido a las fuerzas ilimitadas de la técnica y del dinero. Es decir, convencerse de que la historia del mundo no es ninguna fatalidad, que la construimos entre todos y que sólo si se rompe con la idea de la servidumbre voluntaria como destino, el 99 por ciento, como dicen los nuevos movimientos sociales, puede tener capacidad de intimidación para ser escuchado y poner límites al 1 por ciento, el que cree que todo está permitido.