#50 / Enero-Febrero 2022

Una década destituyente: La crisis del régimen del 78

El camino hacia los nuevos años veinte

Máriam Martínez-Bascuñán

© Esperança Rabat

Populismo fue la palabra de goma con la que se nombró el desencanto político y las fracturas sociales contemporáneas. Con ellas vendría la descomposición institucional de estilo trumpista que avanzaría como una hiedra desde el corazón de las democracias liberales occidentales. Algunos quisieron llamarlo «revitalización del proyecto democrático» al mismo tiempo que, recuperando la palabra «pueblo», se cometía en su nombre las mayores tropelías. Yascha Mounk nos lo explicó en un libro en el que hablaba del pueblo contra la democracia cuando los representantes de ese electorado populista comenzaron a convertir sus sistemas en verdaderas dictaduras electorales. Es el caso evidente de Hungría y Polonia, que aún hoy mantienen un fiero pulso contra Europa. En su reciente sentencia, el Tribunal Constitucional polaco, sin ir más lejos, ha declarado el artículo 1 del Tratado de la Unión Europea incompatible con algunos capítulos de la constitución polaca. Sin duda han debido pesar los más de veinte años de sentencias del Tribunal Constitucional alemán con argumentos jurídicos similares. Pero al mismo tiempo que nos escandalizamos por el último órdago lanzado por Polonia contra la ley europea, asistimos impasibles a una precampaña francesa para las presidenciales del próximo mes de mayo en la que todos los candidatos de derecha y extrema derecha, desde Éric Zemmour a Xavier Bertrand o Michel Barnier, e incluso el exministro socialista Arnaud Montebourg, se muestran dispuestos a suspender las garantías del Estado de derecho en nombre de la «soberanía nacional y la lucha contra la inmigración». La verborrea populista que escuchamos desde hace años en los discursos de Le Pen la encontramos hoy, por ejemplo, en el gaullista Nicolas Dupont-Aignan, cuando habla de «la política de sumisión a Bruselas», o cuando el mismísimo negociador del Brexit, Michel Barnier, pide para Francia «un escudo constitucional» que sirva para «recuperar nuestra libertad de maniobra».

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