#48 / Septiembre-Octubre 2021

Editorial

El cuidado, el poder y la muerte

Josep Ramoneda

La incertidumbre, el cuerpo, el poder y la muerte. La pandemia llueve sobre mojado. Y nos ha obligado a afinar nuestra mirada sobre el mundo que vivimos. La humanidad ha avanzado siempre a trompicones: la lucha para sobrevivir ha transcurrido entre la capacidad de adaptación a las tierras que nos acogen, la progresiva construcción de instrumentos para mejorar nuestras condiciones, la creación de ficciones para hacer soportable la existencia, el desarrollo de sistemas de organización fundados en relaciones de poder y dominación, y todo con sus consiguientes crisis y altibajos. Desde un tiempo a esta parte –desde la perspectiva europea podríamos situarlo en la primera Ilustración, la del siglo XVI– con el gran salto del pensamiento científico que armó la modernidad, los procesos se han acelerado vertiginosamente. A un ritmo al que es difícil ver los límites y que alimenta por tanto nuevas fantasías.

Si con el capitalismo industrial se ha doblado la esperanza de vida en poco más de un siglo y medio y se ha construido el mito del progreso y las versiones laicas de la redención, en este caso en la tierra, la aceleración que la revolución digital ha impuesto desde los años ochenta del siglo pasado alimenta todo tipo de fabulaciones, habiendo incluso adquirido la condición de tópico el concepto de transhumanismo. Como si el ritmo de producción de prótesis tecnológicas provocara una salto de la especie, del último hombre al superhombre. Pero no es fácil enhebrar el progreso tecnológico con la realidad del ser humano, un animal de la familia de los mamíferos, que, si creemos a Montesquieu, se distingue de los demás por tener razón (puede que sea una cuestión de grado respecto a otras especies) y libertad (en función de que seamos capaces de creer en ella y defenderla) porque estos mismos instrumentos sirven para construir mecanismos de dominación en un ser en que, como explicó Michel Foucault, el poder, la diferencia de potencial, es constitutivo de cualquier relación.

Con este bagaje, la modernidad se ha movido entre la utopía y la tragedia, entre la esperanza y la frustración, entre la ilusión del progreso y el miedo al futuro, con momentos de crisis profunda. Estamos en un episodio especialmente sensible: la construcción de prótesis y prolongaciones de nuestros cuerpos capaces de colonizar nuestras mentes. Con lo cual en el punto álgido de las fabulaciones tecnológicas nos hemos encallado en un presente continuo que sólo genera miradas distópicas sobre el futuro, atrapados en la crisis ecológica, que nos recuerda que no somos más que una forma de vida de la naturaleza, y la omnipotencia de unos poderes con capacidad de control que se sitúan por encima de las instituciones democráticas y amenazan con una sociedad de individuos formateados adecuadamente.

En este contexto, la pandemia ha marcado un parón que ha ayudado a tomar conciencia de lo que quizá no queríamos reconocer: que la incertidumbre es lo propio de nuestra condición. Y así el tono de este número viene dado por los dos primeros artículos. Donde Irene Vallejo nos recuerda que la vida «hay que cuidarla» y que «el cansancio que genera la incertidumbre tiene sus peligros: el deseo de poderes fuertes, el fin del sueño colectivo». Y que hay que atender a los «hallazgos fruto de inventos extravagantes» que nos han permitido alcanzar los mejores momentos, sabiendo que estas conquistas, como la democracia, «son territorio incierto», momentos singulares en que el cuidado parece ser capaz de resistir a la fuerza. Y donde Imma Monsó, describe este momento crítico en que el cuerpo conectado a la máquina «ha sufrido por un lado una imputación y por otro lado una extensión», lo que le lleva a preguntarse si queda energía para la resistencia mientras sigamos avanzando hacia el cíborg.

Desde este marco referencial adquieren sentido los dos dossiers de la revista. La relación estructural entre poder y muerte que Elettra Stimilli actualiza así: «Las religiones han intentado compensar con la inmortalidad terrenal la experiencia ineludible de la muerte. La religión del capitalismo pretende aplicar al individuo la presunta inmortalidad del capital. El eterno presente neoliberal fomenta el reto de la invulnerabilidad personal y, por consiguiente, la pretensión de exención de las reglas». Y una mirada histórica en la que Agustí Colomines y Marta Marín-Dòmine recuperan el concepto de genocidio en un momento en que hemos visto cómo regresan las deportaciones y matanzas masivas ante la pasividad de las instituciones internacionales. A veces parece como si quisiera olvidarse que el moderno siglo XX ha estado marcado por lo menos por cuatro genocidios. No perdamos la memoria. Sin ella no hay futuro.