#42 / Septiembre-Octubre 2020

Editorial

El futuro y la condición humana

Josep Ramoneda

© Esperança Rabat

El mundo se detuvo, aunque no para todos. Por simple decreto ley, la mayoría de Estados, incluso en los regímenes más liberales, nos encerraron en casa y nos aplicaron una brutal reducción de libertades básicas, empezando por una tan elemental como salir y desplazarnos a nuestro antojo al encuentro de los demás. No en vano somos seres que nos pintamos a nosotros mismos, para decirlo como Montaigne, en la experiencia, es decir, en el contacto con los demás y con el mundo. «Tocar, es tocar-se», decía Merleau-Ponty. Y, sin embargo, apenas ha habido debate. ¿Por qué? Por incómoda que resulte, creo que esta sigue siendo una pregunta fundamental si queremos salir de esta experiencia sin haber dejado por el camino algunas de las potencialidades más preciadas de la humana condición. A menos que queramos asumir, consciente o inconscientemente, que estamos en la transición del último hombre (el último cuerpo) al superhombre (el cuerpo confinado en sus prótesis tecnológicas).
Hemos confirmado lo que ya sospechábamos: que, especialmente en sociedades relativamente bienestantes, es decir, con amplias capas medias, en nombre de la salud casi todo está permitido. Y que una amenaza sanitaria es la vía más directa a la servidumbre voluntaria; «lo hacemos por tu propio bien», nos repitieron una y mil veces con música paternal. Y más cuando, como en este caso, las características de la invisible amenaza produce una combinación letal: el miedo (a una muerte despiadada y solitaria) y la culpa (por contagiar a los demás, y en especial a la gente más próxima). Como dice Richard Sennett, «las estructuras del poder explotan las crisis, las utilizan para legitimar un control ampliado». Y el pánico es un aliado esencial de estas inercias invasivas. La historia demuestra que se sabe cuándo el poder retira libertades, pero nunca cuándo las va a devolver. De momento, el llamado desescalamiento sigue conjugando restricciones como si los gobernantes se realizaran prohibiendo.
La capacidad de adaptabilidad de los humanos es un poderoso instrumento de supervivencia de un ser contingente, y ya habíamos ido adquiriendo hábitos de confinamiento de los que es difícil despegar-se ahora. Por eso los próximos pasos llevan una gran carga de desconcierto. Además, bajo las grandes palabras siempre se esconde una parte de la verdad. Y hemos constatado una gran paradoja. No es verdad que todo el mundo haya parado. Todos menos dos grupos, a los dos extremos de la escala social. Por encima, ya fuera como quien dice del espacio humano, los grandes aceleradores, las compañías tecnológicas motores de una globalización deshumanizante, que han vivido este episodio a pleno rendimiento, dueños y señores del espacio digital y del trasteo de objetos y mensajes entre las personas. Al otro extremo, han salido de la invisibilidad lo que ha resultado que eran servicios esenciales, desde la cura y atención a las persona dependientes hasta los riders que trasladaban mercancías por las calles vacías, pasando por los empleos más bajos del mundo sanitario. Esenciales en condiciones precarias. Real como la sociedad misma. Y todo ello acompañado del triunfo de la ideología digital convertida en principal vía de relación entre humanos confinados y en promesa de excelencia de una sociedad de distancia social y mascarillas.
Desde este panorama abordamos el futuro con ganas de desconfinarlo. Si nos ha caído encima en forma de pandemia, después de muchos años de declive de la idea ilustrada de progreso, lo que pretende esta revista es aportar la mirada de las humanidades, es decir, de la complejidad de la condición humana, en una crisis que culmina años de simplificación, de reducción del sujeto humano a simple Homo economicus. Es hora de devolver los cuerpos a la calle y de recuperar la vida. Que la experiencia vivida sirva para algo. Y no sea una simple prolongación de un sistema de dominación global que ha reducido el poder de una política que sigue siendo nacional y local. El dinero ya es global pero no nos hemos constituido en comunidad humana para poder gobernarlo, como recuerda Edgar Morin. ¿Servirá de algo esta experiencia o seguiremos simplemente en la desigual dinámica impuesta en los últimos años? ¿Vuelve la Guerra Fría? ¿Cómo integrar las pandemias? ¿Seguirá siendo la meritocracia el horizonte ideológico de nuestro tiempo? ¿Es imparable la deriva hacia el autoritarismo posdemocrático? ¿Cambiará nuestra relación con la naturaleza? Estas y otras cuestiones, se resumen en una: ¿qué es hoy la condición humana?