#3 / Enero-Febrero 2014

Editorial

El lenguaje, el poder y la culpa

Josep Ramoneda

En la presentación del segundo número de La Maleta de Portbou en la librería La Central de Barcelona, Antoni Marí explicó que había detectado en los artículos publicados una tensión muy interesante para despojarse de los lugares comunes y encontrar el lenguaje adecuado para entender los cambios en curso. Era una excelente manera de describir el principal propósito de esta revista: expresar y afrontar las enormes fracturas que desestabilizan el mundo.
Y digo mundo porque no son fracturas que queden estrictamente reducidas al ámbito de cercanías de cada cual, al territorio de las experiencias habituales. Ciertamente hay fracturas profundas –sociales, morales, culturales– en cualquiera de los entornos en que nos movemos. Pero hay también fracturas –tecnológicas, antropológicas, geopolíticas, de poder– que van más allá del espacio de la experiencia comunitaria directa. «Cambias una palabra y cambias un universo», dice Alberto Blecua.

De la larga historia de la dialéctica del poder y la sumisión hemos aprendido que los comportamientos de la mayoría tienden a configurarse conforme a los estilos y maneras que emanan de las clases y de los sectores dominantes. Y que hay figuras privilegiadas de la sumisión que se repiten a través de los tiempos. En este número, Josep María Ruiz Simón retrata a Maquiavelo, que tuvo la calculada ingenuidad de revelar las técnicas más o menos secretas del poder, de modo que su nombre quedó asociado a la cara más siniestra del gobierno de los hombres. En el siglo XVI, Étienne de la Boétie, planteó la cuestión esencial de la política: ¿cómo se explica que tantos obedezcan sin apenas resistencia a tan pocos? Digámoslo a su modo: «¿Cómo es posible que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones carguen a veces con un tirano solo, que no tiene otro poder que el que ellos le dan, (…) y prefieran sufrirle antes que contradecirle?». Es la cuestión de la servidumbre voluntaria, sobre la que nos seguimos interrogando sin que las respuestas sean muy distintas de las que daba el amigo de Montaigne: la costumbre, el clientelismo y el miedo. Mia Couto explicaba en el número anterior de esta revista la construcción del miedo como cimiento del control social. En este número hablamos de la deuda. La crisis ha propulsado a las portadas de los medios de comunicación la asfixiante carga que los ciudadanos arrastran desde que se propagó la buena nueva del paraíso hipotecario: la deuda es un poderoso instrumento de encadenamiento del ciudadano al sistema. La fuerza del poder es generar culpabilidad. Y la deuda lo consigue. Con razón escribía Walter Benjamin que el capitalismo es una religión (el ciudadano se siente religado a él) que se caracteriza por no ser expiatoria. Es decir, no ofrece redención. Cuando uno se despierta, la deuda está allí.

Del don a la deuda, de la sumisión simbólica a la sumisión material, un pequeño breviario de la condición humana. Una condición trágica, como nos recuerda Imre Kertész, que nos obliga a reconsiderar nuestro lenguaje permanentemente y a reconstruir una cierta cultura de resistencia. «Sufro muchísimo, es verdad», dice el enfermo escritor húngaro, pero «no quiero que puedan decir que yo mismo ejecuté la sentencia. Por eso aguantaré hasta el final.»