#54 / Septiembre-Octubre 2022

Ara H. Merjian

Empirismo hierático

Pier Paolo Pasolini y Enrique Irazoqui en el rodaje de El Evangelio según san Mateo. Al fondo a la derecha sentado, Maurizio Lucidi, asistente de dirección. © Domenico Notarangelo/Wikipedia Commons

El día en que la Naturaleza parezca natural, eso significa el final.

Centauro al joven Jasón, Medea, dir. P. P. Pasolini, 1969

¡El poeta debe ser sagrado!

Alberto Moravia, panegírico de Pasolini, Roma, 5 de noviembre de 1975

Durante las últimas dos décadas, la palabra «sagrado» ha llegado a constituir quizá el principal lema de investigación sobre la obra de Pier Paolo Pasolini. Más de una docena de libros, otros tantos ensayos y una miríada de disertaciones, exposiciones y otros formatos llevan en su título alguna iteración del término (sacralidad, sacrilegio, pasión, santidad, heilige, etc.). En su aplicación a Pasolini y su obra, la palabra inevitablemente muestra una cierta ironía: la inverosímil unción del hereje moderno más prominente y confeso de Italia. Esa consagración criptorreligiosa proviene en gran parte de los datos biográficos: un asesinato salvaje y el mismo martirio público que precedió y siguió a su muerte. Es un destino que rimaba –aparentemente de manera fatalista, pero en verdad insidiosa y contingentemente– con una poética de toda una vida de autosacrificio. «Me vi colgado, clavado en la cruz», anunció Pasolini en un artículo juvenil; su último libro de versos lo encuentra afirmando en la misma línea que «Miro a los oficiales linchadores / con el ojo de una imagen. / Me observo masacrado / con el valor sereno de un científico» (Nico Naldini, Pasolini: una vita, Tamellini, 2014 [1989]).

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