#6 / Julio-Agosto 2014

Simon Critchley

Filosofía del eros

Me parece fantástico estar de nuevo aquí, en Atenas, esta vez en el mismo escenario que el Fedro de Platón, a orillas del río Ilissos. Por muy ingrato que pueda resultarle a los sudorosos filohelenos del norte de Europa como yo, también es fundamental estar en esta ciudad bajo el intenso calor veraniego, tan característico del Fedro. De hecho, el clima del diálogo lo condiciona más que en ningún otro texto de Platón que yo conozca. Tal es el calor de eros que describe Safo

Me invade un frío sudor y toda entera

me estremezco, más que la hierba pálida

estoy, y apenas distante de la muerte

me siento, infeliz.1

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